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PÁG 15 Una fe que tenga en cuenta la vertiente ecológica, por ello, ha de tener presente el intento por mostrarse también como algo que promueve la justicia interhumana. El papa Francisco lo volvía a resaltar a partir del concepto de bien común: El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También reclama el bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicando el principio de la subsidiariedad. Entre ellos destaca especialmente la familia, como la célula básica de la sociedad. Finalmente, el bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia. Toda la sociedad —y en ella, de manera especial el Estado— tiene la obligación de defender y promover el bien común (LS, 157). Por lo mismo, el concepto “imago Dei” no puede ser utilizado para oponer al hombre a las otras criaturas, menos aún para insinuar que este goza de unos derechos absolutos o ilimitados sobre las otras especies. Si la ruptura existe, se impone recuperar la idea bíblica, por su potencia y expresividad, reconociendo que toda criatura —a su manera— prefigura y refleja a Dios. Aunque la Biblia y la tradición cristiana usan la expresión ‘imagen de Dios’ en relación con el hombre, esto no obsta para que podamos tener presente y comprender toda la obra de la creación: la diversidad de la vida sobre la tierra, así como la creación como representación de Dios. Cualquier ser vivo, hasta una simple florecilla en su delicada belleza, puede ser considerada —desde su modo particular y propio— como una automani- festación del Creador y, por lo mismo, como imagen de Dios. Aunque no la única posible. En el Nuevo Testamento Jesucristo es visto como la imagen de Dios. Pablo habla de Cristo como de la “imagen de Dios” (2 Cor 4, 4) y contempla a los otros hombres como conformados por la gracia a dicha imagen (Rom 8, 29; 1 Cor 15, 49; 2 Cor 3, 18). El himno de colosenses celebra a Cristo como la “imagen de Dios invisible” (Col 1, 15). Jesús es el verdadero ícono, en el que todas las cosas han sido creadas y reconciliadas. El Resucitado, en cuanto verdadera imagen de Dios, es el primogénito de todas las cosas en la creación. De esta manera, el concepto imago Dei trasciende al propio hombre, pudiendo aplicarse también al Cristo resucitado. Este aparece como la imagen verdadera en la cual todas las criaturas encuentran la vida nueva. Supone un significado universal. Cristo Jesús es la imagen de Dios, no solo para los seres humanos, sino para todas las criaturas. En Él la reconciliación de todas las cosas ya ha comenzado. Los seres humanos han sido hechos a imagen de Dios, en el sentido de que han sido creados para un amor interpersonal; entendiendo por ello a toda la obra de la creación. Lo peculiar y explícito del hombre es la dimensión personal y relacional; lo que le lleva al hombre a relacionarse con las demás criaturas, como hace Dios y, además, viviéndolo como vocación. El hombre, por ello, ha de dar gracias a Dios en nombre del resto de la creación. Ser creados a imagen de Dios implica: amar y respetar la integridad de toda criatura: con amor y respeto —a la manera de Dios—. A nosotros nos corresponde buscar soluciones; curar las heridas infligidas a la tierra y a sus criaturas. A nosotros, valiéndonos del lenguaje y la intuición bíblica, nos toca “cultivar y custodiar” (Gen 2, 15), las buenas cosas de la creación. Cultivar y custodiar puede incluir los diversos modos en que la creatividad humana se usa para el bien de la comunidad de vida en la tierra. Implica no solo el cultivar, con atención, a las prácticas de la tierra, sino también cultivar, cocinar, construir, pintar, investigar, estudiar, enseñar, proyectar, ejercitar actividades políticas y muchas otras acciones creativas. Implica, por lo mismo, que las relaciones se muevan en los parámetros de una conversión; en la cual los seres humanos comienzan también a verse, a sí mismos, como estrechamente relacionados con las otras criaturas en una comunidad de vida; en una comunidad en la que cada criatura tiene un valor propio y único ante Dios. La creativi- dad humana está de manera humilde frente a las otras criaturas, respetando sus derechos de existir y de mejorar; empeñándose en su conversión y maduración. A un nivel más profundo, una posición parecida —humana— frente al resto de las criaturas y de la creación supone y significa también la atención a la sabiduría, como una forma única de conocimiento, que no trata de controlar o dirigir, sino que respeta el misterio del otro. Es una forma de conocimiento amoroso que comporta, a un mismo tiempo, humildad y sorpresa ante el mundo natural. Una universidad franciscana, o más ampliamente la universidad inspirada en los valores franciscanos, está llamada a integrar el saber con la sabiduría, la técnica con la ética, la especialización con la mirada global. Francisco nos recuerda que el conocimiento sin humildad se vuelve soberbio, y que la verdad se descubre más desde la comunión que desde la competencia. Como señala Delio (2008): “el franciscanismo propone una visión holística del mundo, donde la interconexión de todas las cosas es más que un principio ecológico: es un principio espiritual” (p. 72). Conlleva también la necesidad de amar a las criaturas que Dios ama. Creer que también habla por medio de ellas. Supone reconocer la finitud humana ante el misterio de Dios y el misterio de la creación. Es, precisamente, la actitud que encontramos en Job, cuando Dios se le presenta como tormenta y desde ella le habla. En cuanto llamados a cultivar y custodiar la creación, los seres humanos somos parte de la misma; llamados a participar responsablemente del dinamismo continuo de la creación. Estamos íntimamente ligados a las formas de vida de nuestro planeta, a la atmósfera, a la tierra y a los océanos. Nuestra existencia está comprendida por el misterio de Dios revelado en toda la variedad de las criaturas que nos rodean. Unos y otros somos parte común. Hemos sido creados del universo y, en cuanto tales, hechos a imagen de Dios y en parentesco con toda su obra creadora, llamados a cultivar y custodiar la tierra y todas sus criaturas. El Legado de San Francisco de Asís: Una inspiración para la Sostenibilidad. Miguel Anxo Pena González DOI: https://doi.org/10.15658/CESMAG25.12140202
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