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PÁG 14 De igual manera, Francisco es una respuesta frente al transhumanismo, mostrando esa relación y dependencia en la creación, considerando y respetando a las demás criaturas como un tú para el ser humano, no como cosas o algo que se puede adquirir, llegando incluso a ver la importancia que tienen en el proceso evolutivo. Si, de alguna manera, el transhumanismo está poniendo el acento en una comprensión que aleja al ser humano del resto de las criaturas, el recuperar la categoría cristiana que sitúa al ser humano como imagen de Dios está también planteando la unión singular que este tiene con los demás seres vivos. Al mismo tiempo, desde una comprensión franciscana que parte de la sostenibilidad como clave de sentido, no podemos caer en las mentiras que plantean la inevitabilidad de la tecnología en nuestras vidas. No quiero decir que esto sea malo, sino que lo que quiero poner de manifiesto es que los “sueños” tecnológicos nunca estarán al alcance de todos, por lo que pueden hacer la brecha social todavía más grande. El transhumanismo no deja de ser un sueño tecnológico creado por el hombre. Pero tiene que seguir estando presente, como clave de bóveda, la libertad humana y la reflexión étíco-moral de aquello que hacemos y, también, de cómo lo llevamos a término. Como afirmó Deane-Drummond (2011), “los seres humanos son agentes de su propio destino” (p. 126). Y, por todo lo afirmado, la fe —como realidad humana— ha de dar una contribución profunda y sincera a todo el movimiento ecológico. Tenemos la oportunidad de cargar de significado y motivación una mirada diversa a la creación. Y, por ello, hemos de construir un “ethos teológico”, contribuyendo al cultivo de una ética ecológica. Para muchas personas, en una lectura global, la fe continúa dando un sentido fundamental. No se puede olvidar que, para algunas personas y movimientos, el único valor que da sentido al planteamiento ecológico es la fe, que ha de implicar una apertura a lo interreligioso. El papa Francisco lo ponía de relieve en la encíclica Laudato Si’: La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes, y esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias mismas, porque cada una suele encerrarse en los límites de su propio lenguaje, y la especialización tiende a convertirse en aislamiento y en absolutización del propio saber. Esto impide afrontar adecuadamente los problemas del medio ambiente (LS, 201). Y si esto es así, para aquellos que pertenecen a la comunidad cristiana, el significado último se encuentra en el convencimiento de que Dios está con nosotros en Jesús de Nazaret y en la gracia del Espíritu Santo; lo que lleva a intuir que una teología cristiana que tenga en cuenta lo ecológico —como lugar teológico— habrá de evidenciar la íntima relación entre la fe del propio Jesús y el empeño ecológico. Algo que se convierte en un verdadero reto. Lo ecológico necesita encontrar su puesto de comprensión en lo cristiano que, necesariamente, habrá de ir configurado a partir de la conversión ecológica o, si queremos, de una ascesis ecológica. Así lo ponía también de relieve el papa Francisco: La gran riqueza de la espiritualidad cristiana, generada por veinte siglos de experien- cias personales y comunitarias, ofrece un bello aporte al intento de renovar la humani- dad. Quiero proponer a los cristianos algunas líneas de espiritualidad ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe, porque lo que el Evangelio nos enseña tiene consecuencias en nuestra forma de pensar, sentir y vivir. No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo. Porque no será posible comprometer- se en cosas grandes solo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin “unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria”. Tenemos que reconocer que no siempre los cristianos hemos recogido y desarrollado las riquezas que Dios ha dado a la Iglesia, donde la espirituali- dad no está desconectada del propio cuerpo ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que se vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea (LS, 216). Una respuesta desde la fe a la crisis ecológica; una profundización e intento de reinterpretación a la luz de los problemas actuales que estamos constatando, pero asumiendo que el tema sería igual de importante de no existir dicha situación de dificultad. Se trata de recuperar permanentemente la experiencia cristiana de Dios-con-nosotros (Is 7, 14; 1 Jn 4, 9; Mt 1, 23). Salvación y liberación están profundamente vinculadas con la creación. Y, necesaria- mente, supone el reto de superar un antropocentrismo, que ha sido expresado, interpretado y vivido, en un modo excluyente y antropocéntrico. Necesitamos limitar la exaltación del hombre sobre las criaturas. Y esto porque, el Dios de la redención es el Dios de la creación. Necesitamos hacer un empeño común a favor de la creación, a partir de personas que provienen de creencias religiosas diversas, que pueden ofrecer una esperanza real para el futuro de la vida. Supone una fe que mira a la globalidad de la tierra, que necesita de las aportaciones que pueden venir de todas las tradiciones religiosas. Hay que contemplar el hecho del hombre como ser interconectado con las demás creaturas. Se trata de colocar al hombre en la comunidad de la vida, planteando una fe que mire al hombre ‘en relación con’ las demás creaturas. Esto, además, implica un reconoci- miento de lo científico, que se ha de poner en diálogo con las tradiciones religiosas, para plantear nuevos interrogantes sobre la identidad del ser humano ante Dios. La comunidad cristiana ha sostenido la singular dignidad de la persona sobre la base de la antigua concepción bíblica del ser humano, como hombre y mujer, “hecho a imagen de Dios” (Gn 1, 27). Se trata del valor radical de toda persona ante Dios. Pero desde ese principio también es posible favorecer las relaciones iguales y recíprocas entre hombres y mujeres, relaciones económicas y sociales justas e, incluso, la búsqueda de soluciones pacíficas de toda forma de conflicto. El Legado de San Francisco de Asís: Una inspiración para la Sostenibilidad. Miguel Anxo Pena González DOI: https://doi.org/10.15658/CESMAG25.12140202
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