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PÁG 12 La adhesión a algunas de las partes más populares de la Sagrada Escritura y la realización de este apego en el lenguaje del pueblo, hacen del Cántico una expresión espiritual y literaria singular y de una gran fuerza. Precisamente Tomás de Celano ya nos había indicado que Francisco “nunca fue oyente sordo del Evangelio sino que, confiando a su feliz memoria cuanto oía, procuraba cumplirlo a la letra sin tardanza” (1 Cel, 22). El Cántico cuenta con dos partes fundamentales, la de la alabanza y aquella que refiere al perdón y la muerte. La fractura entre la primera y la segunda parte del Cántico, lejos de ser un problema, abre a una comprensión de otro nivel. De tal manera que las dos últimas estrofas han de ser vistas como causales, frente al valor de mediación que tendrían las anteriores. Lejos de ser añadidos, los ejes del perdón y de la muerte remiten al hombre, al tiempo que son respuesta a lo anterior. Francisco presenta los temas que afloran, como nucleares, a lo largo de su vida: la humildad y el perdón. Se trata de contenidos referidos al hombre; relativos a sus acciones y actitudes. El Cántico, hasta ahora, se había centrado en los seres materiales no racionales puestos a disposición del hombre por la mano de Dios, y es este hombre, el que se sirve de ellos, los interpreta y a través de ellos se vuelve más humano o inhumano. Para Francisco, como ya hemos señalado, el hombre fue creado para alabar al Señor, pero ese hombre —que refiere a la realidad de todo ser humano— tiene más imperfecciones que bondades, por lo que necesita de algo que le permita salir de ese estado. Y eso lo puede lograr por medio del perdón. Nuestra vida se desarrolla en un contexto limitado y complejo, donde la propia fragilidad vuelve todo más complicado, volviendo a caer y haciendo el camino más dificultoso. Es la realidad de todo hombre. Aquella que ha de trabajar, teniendo al Hijo de Dios como referente de perdón y entrega; viviendo en un itinerario de verdadera liberación. Francisco está teniendo presente que el perdón repara la ofensa sin recurrir al castigo, sutura la herida sin llevar a la muerte, recompone la armonía cuando esta se había roto... Pero también es consciente de que el perdón solo tiene sentido si se hace por amor. Y esto tiene mucho que ver con la libertad humana. Dante Alighieri afirmará que el mayor don que Dios hace creando es, precisamente, dar al hombre la libertad (Alighieri, 468). Este es el paso fundamental que el hombre ha de ser capaz de entender. El perdón es una expresión plena de libertad. Si no da ese paso sería simplemente una renuncia más, en la que la justicia y la equidad se verían afectadas. La conciencia es que el amor auténtico es capaz de llegar donde no lo logra la justicia. Este amor, que ha sido roto, se puede recomponer por medio del deseo de un amor más grande que es el que busca a Dios. Solo aquellos que se han sentido ofendidos, insultados y maltratados pueden perdonar por el amor que tienen a Dios. De esta manera convierten la ofensa en una oportunidad, al tiempo que reparan el mal causado por otros, invirtiendo la dinámica del mundo. Es la gran novedad que supone el cristianismo, ya que los paganos no conocieron el perdón, pues no tuvieron frente a ellos la misericordia divina. Pero el perdón no es solo un misterio cristiano, sino que el dolor también lo es. Las tribulaciones y violaciones de la ley suponen la ruptura de la armonía. Implica conflicto. Y, tanto en el campo físico como en el moral y psicológico, la naturaleza conduce a la rebelión contra el dolor, dando lugar a uno más intenso. Pero Jesús, con su entrega, hace del dolor un instrumento de gloria. El camino de la cruz se convierte en el camino de la reparación y de la redención, y los discípulos del Señor toman esta cruz y lo siguen. Él es el Maestro de la verdad y también del sufrimiento. También en este campo, el cristianismo ha subvertido el mundo pagano y se ha asegurado de que nadie quede excluido de la gloria de Dios. No solo los poderosos, los grandes, los sabios y los ricos, sino aún más y de manera más real y profunda, los pobres, los abandonados, los enfermos y los indigentes. Y, dando un paso más, no se puede olvidar que para Francisco la muerte es la conclusión natural y lógica de la vida. Y, además, es algo querido por Dios. De esta manera, aquello que no es, aquello que solemos apartar de nuestra vida, de lo que no se quiere hablar, ha de ser integrado en el misterio total de la vida y de la identidad humana, reconci- liando así al hombre con su destino y proclamando el valor oculto de la propia muerte como hermana. Vivirlo de esta manera supone abrir una puerta a la esperanza, alterar la dinámica del mundo. Es cierto que el canto de la vida sufre una trágica interrupción, pues pareciera que con la muerte todo pierde sentido. Ese cuerpo que representa la maravilla del universo sensible, capaz de moverse, correr, ver, oír, respirar y cantar —en un instante— se vuelve inmóvil, blanco, sujeto a la corrupción. Aquello que ha surgido del polvo regresa a él. Y, además, no puede llevar nada consigo, porque ya no tiene nada. Es el fin del que ningún ser viviente puede escapar y al que todos los hombres están sujetos. En este sentido, como afirma André Vauchez (2009): El mayor título de gloria al Creador no sería el de haber creado el mundo, sino el de haber liberado a la humanidad del pecado y de la segunda muerte, expresión tomada de Ap 2, 11 y que remite a la muerte eterna, distinta de la muerte temporal que solo es un paso. (p. 302) Una persona puede dominar a los enemigos por el poder, por la astucia, por la habilidad para protegerse… pero, ante la muerte, todos sabemos que un día seremos derrotados. Y esto es algo que despierta terror en la humanidad y, por esta razón, todos evitamos pensar en aquello que necesariamente debe sucedernos. Y, con esta actitud profundamente humana, el puente entre la vida y la muerte no se construye. El pánico por lo que pueda venir después de la muerte lo ocupa todo. Y ahí es donde la fe sitúa las cosas en otro nivel, trascendiendo lo sensible. Francisco ocupa, en este cambio de perspectiva, un lugar singular; confiere a la muerte un papel casi privilegiado y una importancia total. Es un paso obligado a la resurrección gloriosa y a la vida eterna: en sintonía con el pensamiento y la práctica de Cristo sobre el grano de trigo, fructífero si está solo en el surco de la tierra (Jn 12, 24) y su entrada en la gloria del Padre, tras el sometimiento a la muerte (Mt 16, 21, Mc 8, 31; Lc 9, 22; 24, 26). El Legado de San Francisco de Asís: Una inspiración para la Sostenibilidad. Miguel Anxo Pena González DOI: https://doi.org/10.15658/CESMAG25.12140202

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