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Visto desde nuestra perspectiva actual, el Cántico se nos presenta casi como un canto bíblico que evoca el mundo primordial, cuando todo estaba aún intacto y brillaba a los ojos de su Creador, arrebatado por la admiración y el placer del autor al concluir la obra creadora: “vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Jn 1, 31). No se puede olvidar que esta es una de sus grandes fuentes de inspiración (Pozzi, 1979). El Cántico, que anticipa el “dolce stil nuovo”, no es solo un poema espiritualmente rico y una pieza singular de la incipiente lírica italiana, sino una composición de valor psicológi- co y ascético. Un modelo de oración elevada, con un fuerte trasfondo bíblico. Todo ello impregnado de la visión concreta y la espiritualidad del hombre enamorado de Dios y del cantor de sus obras. Su canto es la expresión más completa, en clave cósmica, del alma y la espiritualidad del orquestador místico de la creación. No se puede olvidar, a este respecto que, aunque en el siglo XII comenzaba a aparecer una iconografía más dramática de la crucifixión, Cristo era visto fundamentalmente como el Dios vencedor de la muerte y no tanto como aquel que había sido torturado en la cruz. Francisco, por lo mismo, tiene una comprensión ecléctica, capaz de tener presente los dos elementos y, frente al pesimismo cátaro, presenta una imagen, una concepción expresiva y gloriosa. El sol, la luna y las estrellas son símbolos del Trascendente, no solo en cuanto creadas por Dios. Dios se conecta con el hombre y, como consecuencia, el hombre conecta con Dios. Y, por ello, el hombre ha de dejarse libre para ser guiado y que sea Dios el que realice en él su obra. En este sentido, la experiencia de Francisco es real, física y existen- cial. Siente y experimenta la presencia de Dios, algo que se manifestará particularmente en la impresión de las llagas en el monte Alvernia. Y, lejos de lo que pudiéramos considerar, no se trata de algo simbólico, sino que la acción de Dios, y la experiencia que Francisco vive de la misma, coinciden. Se trata del Dios del Evangelio, un Dios operante, que tiene la iniciativa. Esto ayuda también a explicar opciones fundamentales en su vida, como la de vivir pobremente… Así, su concepto de pobreza implica, antes que otras cuestiones, no apropiarse de nada para que Dios opere libremente en el hombre. Y, a este último, le corresponde restituir esos dones a su Dador. No apropiarse de nada, restituyendo todo al Altísimo. Francisco, de esta manera, manifiesta una relación única con Dios, profundamen- te real, de un Dios que actúa en el hombre. Y ese hombre es tocado, también en la fragilidad y el pecado. Por lo mismo, se apoya en Dios y centra su vida en Él y solo en Él. Referirse a Dios como “Altísimo y Omnipotente” no es algo nuevo en Francisco; ya lo había usado antes9. Esa adjetivación supone que Francisco contempla a un Dios que se entrega, un Dios grande y con dignidad. Y esto lo expresa por medio del Cristo pobre y crucificado. Su experiencia de Dios no logra plasmarla y cantarla en un solo atributo, por lo que recurre a muchos títulos y aspectos. Nombrar muchos atributos o títulos de Dios es un lenguaje ordinario y connatural, explosivo y gozoso de Francisco. Es su estilo propio. Nos encontramos así con un lenguaje que oculta y descubre su experiencia de Dios. Al tiempo que se anuncia a los demás quién es ese Dios: el grande, el altísimo… Francisco afronta la dificultad de encontrar un lenguaje humano que sea capaz de formular su experiencia. Que es, podríamos decir, cualificada. De estamanera, para entender el Cántico, hemos de tomar conciencia de esta experiencia cristiana que está de fondo. Y esta tiene relación con la imagen que el Poverello tiene del mundo y de las cosas. Francisco tiene la intuición de un mundo creado por Dios (Zavalloni, 1991), pero donde también es consciente del riesgo de que el hombre se apropie de los bienes o, todavía más, del lugar que le corresponde a Dios. Esto rompe el papel que le incumbe al hombre, y que antes señalábamos: el de restituir a Dios. Que ha de ser fuente y origen de todo. Dios es la clave entre el hombre y las cosas. Las cosas tienen un valor, han de ser usadas; y eso es lo que hace Francisco. Además, se deja curar… en sus dolencias físicas y psicológicas… y esto porque el mundo es bueno, por el hecho de ser creación de Dios, pero esto es algo profundamente comple- jo, por lo que no siempre resulta fácil de expresar. Francisco tiene una familiaridad profundamente original con la naturaleza y con los animales. Las cosas del mundo tienen su origen “en” y “desde” Dios. Y, por ello, en su origen las criaturas y las cosas adquieren dignidad y densidad, estando siempre ajustadas a lo que son: Deus meus et Omnia, dirá Francisco en otros momentos, siempre en perspectiva de gloria. Esto lo constata Celano: “a todas las criaturas llamaba hermanas” (1 Cel, 81). Todas las cosas son iguales por ese origen maravilloso, que es el de la creación. Y, por ello, hay que alabar a Dios que crea el sol, que hace que haya hombres que perdonen y practican la paz; hombres que sufren y hacen así su voluntad. En resumen, se destaca el valor elemental de las criaturas, del apoyo corporal al hombre y, al mismo tiempo, el valor de la iluminación espiritual: todo ello completado por nuestra hermana la muerte corporal, que conduce a la coronación divina, a través del perdón en nombre del amor de Dios, de la enfermedad y la tribulación soportada con serenidad. La decisión de Francisco de usar la lengua materna debe rastrearse en sus escritos hasta los últimos años de su vida. Usa la lengua vernácula no solo en escritos menores, sino que usa el romance en un texto que es una admonitio, una exhortatio, más o menos contemporánea del Testamento, pero ampliándolo también a aquellos fieles que lo habían conocido. No se puede perder de vista que, la oración en vulgar, en la península itálica es algo novedoso de Francisco (Manselli, 2002). Según Manselli (2002), con el Cántico la poesía religiosa italiana inicia su historia. Francisco se inspira en textos que se repetían continuamente, como los últimos salmos bíblicos (Sl 148), conjuntamente con el Cántico de los tres jóvenes (Sabatelli), así como diversos versículos del libro del Apocalipsis que conocía por el breviario (Asseldonk, 1979). A lo largo de la Edad Media, los salmos fueron también el instrumento principal para el aprendizaje del latín y, para él, el ejercicio de la escritura: se memorizaban sistemática- mente mediante un adiestramiento continuo e insistente que duraba muchos años, y se utilizaban como libro de escritura elemental... lo que se concretaba en el pueblo en la continua repetición de fórmulas como “Laudate Dominum”, “Te Deum laudamus”, etc., por parte de los clérigos y del pueblo. PÁG 11 9 RnB 23; Adm 7; Manzano (1966); Solsona (1977). El Legado de San Francisco de Asís: Una inspiración para la Sostenibilidad. Miguel Anxo Pena González DOI: https://doi.org/10.15658/CESMAG25.12140202

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