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Y es, precisamente en este ambiente, después de cincuenta días de cuidados transcu- rridos en San Damián, entre tormentos implacables, cuando una mañana, tras una noche de insomnio y más revuelta que de costumbre, según declaran sus testigos, Francisco: Impelido por los muchos consuelos que experimentó y experimentaba en la conside- ración de las creaturas, poco antes de morir compuso unas alabanzas al Señor por las creaturas para excitar a los que las oyeran a alabar a Dios y para que el mismo Señor fuera alabado en sus creaturas por los hombres. (EP, 118) Pero, qué pretende Francisco. En él convivía la necesidad de buscar algo de consuelo en medio de sus dolencias físicas5; ofrecer un ejemplo de cómo vivir en medio de situacio- nes difíciles a sus hermanos y, también, ofrecer una reparación a Dios, que no era correspondido por los hombres, sino que estos vivían en el abuso y dominio permanente de sus criaturas6. En ese marco, convocando en torno a su lecho de dolor a los hermanos presentes, invitó a dos de ellos —elegidos de entre todos los presentes— a cantar las alabanzas del Señor, el Cántico del Hermano Sol. El Cántico, con todo, no es únicamente un mensaje bidireccional, de trayectoria vertical, sino que también tiene una lectura horizontal, que pone en comunicación la tierra con todas las criaturas que la habitan. Y, por lo mismo, dirigida por el Emisor a la humanidad de todos los tiempos y lugares. Una llamada apasionada al acercamiento reverente y al amor seráfico hacia todas las criaturas y valores de la creación. (Matura, 1996) Quizás, con cierta prudencia, podríamos hablar de uno de los primeros manifiestos ecológicos de la historia; una declaración dirigida a todos los hombres, pero de manera singular, a los que no perciben la urgencia de restablecer la armonía entre el hombre y la naturaleza, a los que en diversos lugares y de múltiples maneras comprometen la cadena de la vida. Francisco también se dirige a todos aquellos que son buscadores de la verdadera alegría. Y, en este sentido, tal y como refiere su cronista Tomás de Celano, invitaba a todas las criaturas a la alabanza de Dios (2 Cel, 217). Francisco se acercaba con afecto cordial a las personas que encontraba en su camino; a las plantas, que le ofrecían refresco a su sombra; a las aguas, que apagaban el calor de su sed; a las flores, que seducían su espíritu con su perfume, pétalos y belleza; sabía comunicarse con los pájaros, los peces y otras especies, donde la maravilla más sorprendente era precisamente la de poder reconocerse como parte de la naturaleza; relacionado también con los animales y las cosas, en una reciprocidad genuina y espontá- nea. Francisco exalta en el Cántico la relación que ve al sol, el viento, el fuego, etc., como nuestros hermanos; la luna, las estrellas, el agua, etc., como nuestras hermanas; y la tierra como nuestra madre común. Antes de él, la unión entre esas diversas realidades era algo impensable. No hay duda que, en esta lectura, Francisco está también haciendo referencia a la atención sobre las posturas heréticas, las de aquellos que veían la naturaleza como algo negativo. No se puede olvidar que, tradicionalmente, la separación y el desprecio de la naturaleza es considerada como un imperativo del ascetismo y de la perfección cristiana. Por lo que, el cambio propuesto —con el Cántico — resulta provocador y radical. El hombre y PÁG 10 la naturaleza se reconcilian; retoman un diálogo, se vuelven a esposar místicamente y, entre ambos, se reanuda la vida en común. El hombre necesita de la naturaleza y ambos constitu- yen una sola familia. Así, Francisco —quien se define a sí mismo como “simple e idiota” 7 — dicta con su Cántico al mundo de hoy una gran lección cristiana... Después de semanas de sufrimiento y de una noche de calvario, consigue sacar fuerzas y mirar al universo con una mirada serena y fraterna, y gritar, aunque sus ojos estén casi apagados y su corazón esté profunda- mente delicado, que Dios ha creado una obra grandiosa. En este sentido, su decadencia física no limita su amor por el Altísimo, por todos los elementos creados y por los hombres abiertos al perdón. Invita a todos los seres a alabar, agradecer y servir al Señor “con gran humildad”. Vauchez (2009) dirá, a este respecto, que “se trata de una lauda, de una oración de agradecimiento hacia el Creador, que no constituye un elogio de las criaturas en cuanto tal, sino de Aquel que las había creado tan bellas y útiles” (p. 300). En este sentido, Francisco vivió y enseñó una unidad profunda entre cuerpo, alma, naturaleza y comunidad. Esta visión holística, que reconoce la interdependencia de todos los seres, puede servir de base para una pedagogía transformadora. Educar desde esta mirada implica formar personas conscientes de su responsabilidad en la historia, abiertas a una dimensión trascendente y comprometidas en la construcción de un mundo más justo. La sostenibilidad, desde aquí, no es un objetivo técnico, sino una espiritualidad encarnada. Contenido y Lenguaje: un Contrapunto Dos términos opuestos tienen especial importancia en el Cántico: el de Altísimo —referido a Dios— y el de humildad —en relación al hombre—. Ambos marcan la dinámica de la composición y, por lo mismo, aparecen al principio y al final del poema. Y, a pesar de la oposición diametral entre los dos polos, Francisco resuelve la antítesis en síntesis y convierte el contraste en armonía, situándose idealmente en el centro del universo reconci- liado, en medio de las criaturas unidas por el vínculo de la fraternidad, y con su Creador como nexo de filiación. El universo, como realidad cósmica, es el resultado directo de la obra creadora de Dios que Francisco describe. Pero, Francisco amó a los seres creados en sí mismos, pero no por sí mismos, sino en el contexto de su amor a Dios. Para él, el universo se había transformado en un mundo donde todo deriva de Dios, todo lo alaba, y donde todo remite a Él, mientras la propia creación ha de elevar hacia Él también una oración. Esa bondad —como afirma Celano— ya brillaba todo en todos para Francisco8. 5 Así lo había hecho ya antes en Rieti (2 Cel, 126). 6 Raurell (1976) afirmaba a este respecto: “mentre els animals observen un comportament ecològic instintiu que els fa encaixar amb el seu ambient, l’home apareix com l’espècie animal que no solament esgota les seves reserves i trenca les regulacions amb el medi ambient, sinó que el destrueix amb la producción industrial”. (p. 8) 7 Acerca de esta cuestión, véase Bergamaschi (1976, p. 13) y Atanasio Matanić (1979). 8 Manselli (2002) nos advierte de la necesidad de distanciarse de toda forma de romanticismo, describiéndolo en los siguientes términos: “la visione dell'universo agli occhi di Francesco si presenta come una positività globale, in cui si effonde l'azione creatrice di Dio come bontà, come bellezza, come luce, come vita: al centro egli sente l'uomo, ma nella sua doppia consistenza di momento più alto della natura ed, insieme, di peccatore, come colui che ha introdotto nell'universo il peccato. Da ciò il nesso strettissimo, nodo centrale al di là e dopo l'atto creatore di Dio, tra peccato originale e condanna dell'uomo, da una parte, e, dall'altra, incarnazione e venuta redentrice del Cristo-Dio e suo sacrificio sulla croce, per salvare appunto l'uomo”. (p. 405) El Legado de San Francisco de Asís: Una inspiración para la Sostenibilidad. Miguel Anxo Pena González DOI: https://doi.org/10.15658/CESMAG25.12140202

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