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PÁG 9 Refirámonos ahora a esa obra cumbre de la literatura italiana de la que, además, estamos celebrando sus ochocientos años, buscando en ella también algunas pistas para nuestro caminar. Cualquiera que se acerque al Cántico con un mínimo de apertura descubri- rá que las imágenes de que se acompaña son de una gran riqueza; hablan de una fuerte capacidad contemplativa. A la base de la misma se encuentra una singular expresión imaginativa y estética por medio de la cual el Poverello es capaz de elaborar una pieza en la que las cosas creadas se orientan hacia la luz y la serenidad. En el Cántico aquello que se pone por escrito, coincide con lo que él ha vivido. Francisco se encuentra en el final de un camino e itinerario espiritual en el que, después de un largo proceso, llega a ir más allá de lo que está viviendo en ese momento. Por lo mismo, el Cántico se convierte en una composi- ción cargada de un lenguaje simbólico muy propio suyo, pero en el que también están presentes las experiencias vividas en la naciente fraternidad franciscana, así como aquellas que refieren al multisecular sueño de la humanidad de querer alcanzar a Dios que, en el presente caso, viene designado como el Altísimo(Manzano, 1982). Contemplándolo a Él, será posible lograr también la comunión con toda la obra de la creación, en la imagen expresiva que propone el profeta Isaías donde conviven aquellos animales que, en principio, son incompatibles (Cf. Is 65, 25). En esta comprensión simbólica, el Cántico podemos verlo como una composición poética de reconciliación o como un canto a la vida, una llamada a vivir desde una humani- dad consciente, implicada… con sus matices peculiares y propios. No cabe duda que al haber sido elaborado en distintos momentos y contextos, logra una resonancia propia y particular, sin quitarle coherencia ni disminuir por ello la unidad estética de que está dotado. En este sentido, lejos de ser un límite, el Cántico se proyecta como simbólico en un doble nivel: pues lo es para nosotros que nos enfrentamos hoy a su experiencia y contenido concreto, pero lo es también para el mismo Francisco, que pone letra a su experiencia. Parece necesario volver a insistir en el hecho de que el texto tiene una conexión y una referencia directa e inmediata a sus diversas experiencias, de las que el Cántico será una expresión viva y poética (Rotzetter, 1991), fruto de un estado de ánimo alegre, de alguien que ha sido capaz de asumir sus propios límites. Las experiencias de Francisco, a su vez, se convierten en multiplicadoras para otros. Y esto se explica porque el Cántico tiene presente el hondo sentido creyente y cristiano del mismo Poverello, sin obviar también una simbología universal, que habla de otros contextos y lenguajes. Lo interesante, en este sentido, es que resulta fácilmente comprensible para todos (Leclerc, 1977). El suyo es un lenguaje simbólico de relaciones y correspondencias profundas, que tiene vinculaciones y referencias con los arquetipos primigenios del hombre, al tiempo que emerge un inconsciente colectivo, pasando por un proceso de honda maduración. Así, la espiritualidad sanfranciscana y posteriormente la teología franciscana, han expresado esa convicción profunda, que une al hombre con las criaturas, por ser todo obra de Dios. Francisco vive las criaturas de Dios como íntimamente relacionadas en una única familia de la creación, siendo capaz de considerar a todas las cosas como hermanas y hermanos nuestros. Así lo expresaba Jesús Sanz: Este cántico franciscano no es un simple poema, ni una plegaria sin más, sino que tiene detrás toda una vida de búsqueda, de correspondencia entre lo que los ojos de san Francisco no dejaron de buscar, lo que palpitó en su corazón creyente, y cuanto fue descubriendo como regalo inmerecido que le hermanaba con toda una creación que tenía en común su divina providencia. (Sanz, 2021, p. 334) El Cántico es un intento firme y serio de difundir —a un nivel popular— un acercamien- to a la creación como relación, como fraternidad universal. Y, en este sentido, nuestro presente tiene necesidad de recuperar estas categorías, que tienen un valor peculiar en los pueblos y sociedades de todos los tiempos, pues están refiriendo a lo primordial (Leclerc, 1977, pp. 42-43). Esta comprensión, hoy en día, cuenta también con los resultados de la biología, que ha puesto de manifiesto que todas las criaturas están conectadas entre sí. Esta última nos ha ofrecido herramientas y constataciones que han de ser llevadas al campo de la espiritualidad, en la permanente búsqueda de esa interconexión entre las criaturas (Rotzetter, 1991, p. 128). La Experiencia de Francisco Para poder entender el Cántico es necesario conocer la situación en que se encuentra Francisco. Ante la poética del relato, resulta complejo imaginarse en qué contexto escribe. El Cántico responde a la emoción de un creyente en un momento particular de gracia, donde la mística del éxtasis se hace poesía ante la contemplación de la naturaleza. En un desper- tar primaveral con su exuberancia de vida, cantos, sonidos, olores, luces, colores, etc. Un momento en el que el cantor disfrutaba de toda la fuerza y el pleno ejercicio de sus faculta- des sensoriales4. Pero, por extraño que nos resulte, su situación era de profundo límite. Su estado de ánimo, necesario para sentir esas sensaciones, para formular esos conceptos y para escribir esas estrofas, era prácticamente de depresión. Francisco estaba próximo a sus últimos días y el hermano cuerpo no le acompañaba. Eran diversas las dolencias que le aquejaban de manera seria, afectando a órganos vitales como el estómago, el hígado y el bazo, así como la enfermedad de los ojos, que le provocaba una ceguera casi total (Guerra, 1985). Un simple destello de luz le era extremadamente molesto. También era muy sensible a las voces y los ruidos y, además, se había vuelto susceptible a la presencia de personas o cosas en movimiento… La sensación era que todo estaba colaborando a su desesperación. Incluso los ratones que cruzaban en todas las direcciones la estrecha cabaña que le habían preparado en San Damián, le resultaban invasivos y molestos. Estos no se limitaban a invadir su pequeña celda, sino que le privaban de la paz necesaria durante el día y del sueño por la noche. Por si fuera poco, por su ceguera, se apropiaban también del contenido de su plato… A esta limitación física se sumarán también las múltiples preocupaciones por el gobierno de la Orden, así como las previsiones poco halagüeñas sobre el futuro de la misma... De esta manera, la depresión se veía completada por una fuerte angustia. 4 Guerra (2017) afirma al respecto, “podemos considerarlo un poema en que Francisco, diciéndose a sí mismo, expresando sus vivencias más íntimas, la verdad de su corazón, sus actitudes más profundas de creyente, regalándonos una página realmente autobiográfica, entona y canta a su Dios una sinfonía en que participan todas las criaturas”. (p. 10) El Legado de San Francisco de Asís: Una inspiración para la Sostenibilidad. Miguel Anxo Pena González DOI: https://doi.org/10.15658/CESMAG25.12140202
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