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PÁG 8 Como subraya Vauchez (2009) en su biografía del santo de Asís, Francisco no fue una figura angelical al margen de la historia, sino un hombre profundamente enraizado en su tiempo, cuya ruptura con la sociedad feudal resultó real y concreta. Rechazó la violencia inherente a la cultura caballeresca en la que había crecido, abrazando a los leprosos y asumiendo la pobreza como una forma de libertad espiritual y denuncia estructural. Dicha opción será un paso fundamental para comprender después otro tipo de relaciones. Como él mismo afirma en su Testamento: El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, comenzar a hacer peniten- cia: porque, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos y practiqué con ellos misericordia. (Test 1-3) La opción radical de Francisco por una vida sin propiedad lo condujo a denunciar, con su propia existencia, la injusticia estructural de su tiempo. Su abrazo al leproso y su decisión de vivir entre los excluidos no fue solo una expresión de compasión personal, sino también un gesto político y profético de hondo calado. Resultó un reclamo y un cuestiona- miento para todos aquellos que se acercaban a él. Su vida en fraternidad, nacida sin una planificación institucional, anticipa modelos de solidaridad y justicia que hoy resultan claves en el marco de la responsabilidad social. Pero, en el medio de todas estas opciones proféticas estaba la conciencia de ser hijo de Dios y, por lo mismo, tener un Padre común con todos los hombres y criaturas: el Dios creador. Él mismo expresa en su Testamento cómo su vida fue un don y, con ello, estaba afirmando que todo lo que hemos recibido está llamado, de una manera u otra, a ser compartido. Se trata, de alguna manera, de vivir desde comprensiones comunitarias y colaborativas, frente a lecturas individualistas. Francisco, en este sentido, se aleja de modelos sociales paternalistas, como muchas veces se practica, al tiempo que alimenta una fraternidad capaz de generar sentido y liberar de múltiples cargas. Supone el que cada uno se implique en lo que pueda, y en la medida que le sea posible, se construyan relaciones y sinergias capaces de transformar la sociedad y los distintos ambientes, donde el gran reto está en la fuerza y capacidad para vivir desde el “nosotros”. En este sentido, Francisco fue un hombre con una sensibilidad particular; capaz de dejarse interpelar por la belleza de la obra creadora de Dios, donde las criaturas —en su comprensión propia— estarán dotadas de un valor particular, independientemente del significado simbólico otorgado en su época, por una parte, o la utilidad social de la que pudieran gozar, por la otra. Este detalle es interesante, pues nos ubica en una perspectiva muy distante del recurrente utilitarismo, que implica el rechazo de todo aquello de lo que no se obtiene un beneficio inmediato. Francisco propugna un valor en sí a la obra creadora de Dios, donde el hombre ocupa un papel preponderante, sin entrar en otras consideraciones y esquemas sociales, tal y como eran típicos en el Medioevo. Y, si las cosas son importantes, más lo son los seres humanos, hechos “a imagen y semejanza de Dios” (Gen 1, 27); comprensión que está sustentada en la imagen de Dios como Creador y Padre y, por lo mismo, el hombre ha de ubicarse en una actitud de permanente humildad; lección a la que todos somos convocados. En este orden de cosas, la naturaleza es una lección permanente de la misma³; de donde se deduce un paso subsiguiente que implica el vivir, buscar y proponer relaciones no violentas, aplicado tanto a las personas como a las criaturas. Se trata, por lo mismo, de evitar fracturas. Si antes decíamos que Francisco es un hombre de su tiempo, no es menos cierto que está fuertemente determinado por las experiencias vividas personalmente o por las propias pre-comprensiones medievales. Y, por lo mismo, sus relaciones también en una serie de acentos propios. No hay duda que hay lecturas medievales que están influyendo significati- vamente en él. Pensemos, por ejemplo, en su rechazo al uso de caballos para desplazarse, precisamente porque eran símbolo de poder y riqueza. Esto está suponiendo, nuevamente, distanciarse de toda lectura romántica y recreada, por lo que se impone acercarnos a sus escritos, para desde ellos encontrar ese horizonte de sentido coherente en torno a un vivir sostenible. Y, en este orden de cosas, un lugar preponderante lo ocupa el Cántico de las Criaturas, compuesto por Francisco en los últimos años de su vida, cuando ya su cuerpo estaba fuertemente marcado por el dolor y la enfermedad. Y, por lo mismo, se convierte en expresión sublime de una espiritualidad que integra el sufrimiento, la creación y la esperanza. Sufrimiento, creación y esperanza a las que necesariamente tenemos que seguir recurriendo hoy… y cuidado si están ausentes. La sostenibilidad, desde esta óptica franciscana, no se limita a políticas medioambientales, sino que ha de llevar a una conversión profunda. Como afirmaba el papa Francisco en la encíclica Laudato Si’: “todo está conectado, y esto nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad” (LS, 240). Francisco de Asís, con su vida y acciones concretas, nos enseña a escuchar el lenguaje simbólico de la creación como revelación de Dios y camino de comunión. No hay duda que la sociedad en la que vivimos, con su estilo fuertemente fragmenta- do e individualista, ha contribuido y alimentado la crisis de sentido de nuestro tiempo. Este detalle no cabe duda que lo determina todo, pues esa desintegración supone vivir desde compartimentos estanco, no viendo la vinculación e interdependencia que se da entre todo lo que nos rodea y, de manera particular, entre los hombres. El Legado de San Francisco de Asís: Una inspiración para la Sostenibilidad. Miguel Anxo Pena González DOI: https://doi.org/10.15658/CESMAG25.12140202 3 Esta será una de las grandes aportaciones atemporales del santo de Asís, pues en todas las épocas se experimenta ese afán por ser, tener y aparecer.

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