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— HT a Id y contad á Juan lo que habéis oido y visto: decidle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan.. ¿Qué mayor prueba puede dar? Falta la principal: pauperes evangelizantur. (Luc. VII, 22.) ¿Reconoces en ti estas pruebas de un varón enviado por Dios para convertir las al mas? ¿Hay en ti esa humildad, sientes ese gusto en catequizará los niños, esa predilección que Jesús tenía para con los pobres? Pondera el celo de Jesús. Mirale predicando en las ciudades, recorriendo las aldeas, anunciando la pa- labra divina en el templo y en las plazas... en la mon- taña y en el desierto... en una barca... junto á un pozo... de dia y de noche, no dejando perder ocasión alguna que se le presente de dar á conocer el reino de los cielos. Para él no hay acepción de personas... con igual caridad visita é instruye al esclavo que al señor... al pobre que al rico... al ignorante que al letrado. Con igual celo enseña á solo Nicodemus en casa, que á tres ó cinco mil hombres en el desierto... Hacién- dose todo á todos, habla á cada uno el lenguaje que más puede moverle á convertirse á Dios. ¡Qué celo! ¡Con qué palabras tan tiernas atrae al pobre peca- dor! Non veni vocare justos, sed peccatores. (Lue. Y, 32). Non est opus valentibus medicus, sed male haben- tibus. (Matth. IX, 12) .. y luego... Venite ad me omnes quí laboratis, et onerati estis, et ego reficiam vos (Matth. XI, 28). Propóneles las parábolas del buen pastor... del hijo pródigo... de la mujer que encuen- tra la dracma perdida. ¿Qué más pudiérais, Señor, hacer, si de la conversión de un alma dependiera vuestra eterna felicidad? ¿Y qué haces tú para salvar- las? Esa vida ociosa, ese temor que tienes de confesar á grandes pecadores, ése rigor con que los tratas, ¿me representa acaso la bondad con que Jesús iba en busca de Zaqueo, de la Samaritana, de Mateo... y acogía, perdonaba y defendía á la Magdalena, á la mujer adúl-
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