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— 115 — hacemos, sino también y mucho más, el mal que impedimos. Pero demos que aún delante de Dios fuese escaso el fruto; demos que se hagan pocas confesiones. ¿Os pa- rece poco la conversión de una sola alma? Y aunque nadie se convirtiera, ni dejara de pecar, no por eso tendrías menor recompensa que si muchos se hubie- sen convertido. No desconfies ni te desalientes, escri- bía San Bernardo al Papa Eugenio, que había sido su discípulo; si Roma proterva no quiere rendirse á la gracia, noli diffidere; curam exigeris, non curationem. No te pide Dios que sanes á los enfermos, sino que ten- gas cuidado de ellos, aplicando remedios convenientes á sus males. A ese cuidado y no al resultado está pro- metida la recompensa. Unusquisque autem propriam merceden uccipiel secundum suum laborem. (1. Gor. 4-8.) Cada uno, dice el Apóstol, recibirá el premio y galardón conforme al trabajo, no según el fruto que hubiese hecho, que esto no depende de nosotros. Por eso observa muy bien San Bernardo en el lugar arriba citado, que no dice el Apóstol: Plus omnibus frue- tificavi, sino: abundantius illis omnibus laboravi. (L. Cor. 1540.) Es más; tan lejos estaremos de perder el galardón, siá nuestros trabajos y sudores apostólicos no corres- pondiese el fruto que era de desear, que antes bien entonces mereceríamos de ordinario más alta recom- pensa; pues cuando el predicador ve remunerados sus trabajos con un éxito feliz, siente tanta satisfacción, que si no anda muy sobre sí, le robará la vanagloria todo lo que ganó, oyendo un día las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Recepisti mercedem tuam. (Math. 6-16.) No así el operario, lleno por una parte de celo y por otra de sinsabores y disgustos, que éste tal tendrá recompensa, cuando Dios le diga: Merces tua magna nimis. (Gen. 15-1.) Tu premio será en gran manerd grande. es

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