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— 114 — predicación, cuando se ven pocos oyentes y escasisi- mos frutos; ser constante en el confesonario cuando no se aguardan sino penitentes pobres, groseros, ru- dos ó pecadores desalmados; guardar su puesto y em- pleo, cuando repugna á Ja naturaleza y no se ofrece á la vista más perspectiva que la de amargos disgustos, trabajos y persecuciones; esto sí que es buscar pura- mente la gloria de Dios y la salvación de las almas. La perseverancia es la que constituye el principal mérito de las obras buenas y decide el feliz éxito de nuestros ministerios. No son una ni dos gotas de agua las que, cayendo de lo alto, cavan la tierra; no es una ú otra bala la que derriba fuertes murallas; tantas gotas de agua caen de lo alto, tantos proyectiles arroja el enemigo, que acaba por hendirse la más firme roca y quedan reducidos á polvo los más formidables muros. A pesar de ser tan santa la vida de Nuestro Divino Salvador, tan irreprensible su doctrina, tan adecuadas sus comparaciones, tan sencillas sus parábolas, tan , claros y patentes sus milagros, recogía frutos muy escasos entre los judíos, y lo que aún es más, los es- cribas y fariseos lejos de aprovecharse y converlirse, empeoraban todavía; sin embargo, no por eso se des- alentó ni interrumpió un punto la altisima misión que el Padre Eterno le había encargado. Por eso, cuando observas en tus ministerios que ni al rudo golpe de una serie de sermones se recoge, ni se impresiona aquel pueblo, ni cede aquel cora- zón empedernido, ni el otro penitente deja de pecar después de muchas confesiones, no debes desani- marte. Tal vez delante de Dios haya copioso fruto. Porque tú no juzgas sino lo que aparece á la vista de los hombres y lo que sale al exterior, mas el Señor ve los corazones: Homo enim videt ea que parent; Dominus autem intuetur cor. (1. Reg. 16-7.) Pues no hay que considerar solamente el bien que

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