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111 dado ejemplo, pasando noches en oración por los hombres, te habla y te dice: Pídeme y recibirás. Considera que aunque tú puedes dar voces y servir- te de otros trabajos y esfuerzos en favor de las almas, si tu predicación no va animada del calor de la oración, será esteril, porque el Señor no dará eficacia á tus pa- labras, dice San Bernardo, Etsi vocis virtus sit opus; et oper: tamen et voct qratiam effu ttiamque promere- tur oratro. En efecto. Para que el predicador pueda hacer fruto en las almas, dice San Crisóstomo, se encuentra con una grande dificultad, y es, que tiene que luchar con voluntarios, es decir, que pretende rendir á Dios el albedrío de sus oyentes y obtener victoria de volunta- des libres. Ahora bien, como esto está sobre las fuerzas humanas, porque los actos elícitos no pueden violen- tarse, es preciso acudir á Dios en demanda de su ayu- da y socorro, que es precisamente el oficio de la oración. Por eso, dice San Agustín, que el predicador antes que declamador, debe ser orador: Sit orator antequam dictor. Asi nos lo han enseñado con su ejemplo los santos Apóstoles, cuando escriben: Nos vero orationi et ministerio verbi instantes erimus. (Act. VI. 4.) Dicen que se dedicarán primero á la oración y después á la predicación. Otra razón de la necesidad del espíritu de oración en el predicador es la dependencia que este ministerio y la dirección de las almas tienen de Dios nuestro Señor. Así como la medicina, dice San Agustín, aunque esté bien dispuesta, no sana sino cuando Dios le da efica- cia, ni la planta lleva fruto, aunque el labrador la culti- ve si el sol no le da el calor que necesita, ni aprovecha que las nubes provean de agua, dice San Crisóstomo, para que la tierra fructifique si el aire y el sol no la vivifican, asi el predicador, por bueno que sea, se cansará en vano, si Dios no imprime en los corazones

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