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e a mero y ejecuta lo que dices? Corrijase antes á si mismo el que hubiere de amonestar á otros. Porque, ¿qué cosa más vergonzosa que no hacer el bien que aconse- jas á otros? Sólo entonces se predica con fruto, cuan- do se cumple y se practica lo que se enseña; preceda el obrar bien y se seguirá entonces el enseñar muy bien.» (Isid. off. ad S. Fulg.) ¡Oh si los predicadores tuviésemos siempre presente, que es preciso concebir primero gran fervor, si queremos enforverizar á otros! Sí; exclamaba San Felipe Neri: decís.que el mundo está perdido; tenéis razón; pero dadme doce varones apostólicos animados del espíritu de Dios, y “yo os lo daré convertido. Si quieres ser cuerdo, añade San Bernardo, procu- ra ser concha y no canal: Si sapis, concham te exhibe- bis, et non canalem. Porque el canal vierte toda el agua que recibe, sin quedarse nada; mientras que la concha se llena primero de agua, y de lo que sobra, reparte y fecundiza á los campos. Pero ¡ay! exclama el Santo, ¡que tiene la Jglesia muchos canales y poquí- simas conchas! Canales multos habenmus in Ecclesia; conchas vero perpaucas. ¡Cuántos hay por cuyos labios como por otros tantos canales pasa el agua de la divi- na palabra, quedándose etlos áridos y sin fruto! Ahora bien; ¿quieres tú conocer si verdaderamente agradas á Dios en el ejercicio de tu ministerio? Mira si tu celo tiene las señales que Nuestro Seráfico ¡Doe- tor Sau Buenaventura pide para que sea verdadero. Examina si va impulsado según la voluntad del que le autoriza y envía á los ministerios, empleándote «en ellos en el modo, lugar y tiempo que se te ordena. Auctorilas mittentis. Observa «si te hallas animado de celo por las almas y si en tus ministerios buscas principalmente Ja gloria y honor de Dios y la-conver- sión de tus oyentes; porque el que no tiene caridad para con Jos demás, dice San Gregorio, de ningún modo debe tomar sel oficio de la predicación. Qui
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