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— i que para el de los subditos, seria degenerar de monarca en ti- rano, de padre en verdugo, y de protector en destructor. En realidad, todo legislador humano esta expuesto a errar; pero si es sabio, debe anular la ley 6 derogarla en lo que resulte noci- vo al bien comun, tan pronto como la experiencia lo demuestre, 6 el buen sentido comun lo reclame universalmente. El jefe de un pueblo ha recibido de Dios la potestad para edificar, no para destruir. Estas son, entre otras, las reglas que ha de tener presen- tes el legislador prudente ; pero estas reglas son el patrimonio de los reyes buenos , de los monarcas, no solo legitimos, sino verdaderos padres de los pueblos. Para un rey semejante, basta la luz de la razon natural para que no promulgue leyes inicuas; asi, un monarca cristiano no dara una ley para su pueblo, sin intentar el bien publico, y sin consultar su con- sejo, y confrontarla con la ley eterna; podria equivocarse él, y tambien sus ministros, pero, una vez conocida la equivoca- cion , ese legislador prudente y justo no se empachara de con- fesar su yerro, y lo enmendara. Mas esto no es norma para los hombres educados en la escuela del racionalismo , pues esos, asi como han escalado el poder con injusticia, lo retienen con tirania, y lo administran con iniquidad. La ley no tiene para ellos ni mas origen ni mas sancion, que su voluntad y su ca- _ pricho: el pueblo es una manada de carneros, de quienes pueden disponer 4 su antojo, y Jos hombres mas sensatos de él, una fraccion, a quien se ha de — la ley fuerza = sion y de agravios. Cipnt Aunque no queremos probar esto con ae extension, sin embargo, no podemos ménos de referir ciertos hechos que de- muestran la verdad de lo que decimos. El derecho natural), el divino y el de gentes, se hallan conculcados hoy dia publica y escandalosamente por muchos gobiernos, y se hallan asi a nombre de la civilizacion moderna, 4 nombre del racionalis- Tomo 1. 24

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