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~~ toles , oyéndolo quizas antes de los labios de Jesucristo , de quien nos dice San Lucas, que, despues de su resurreccion, estuvo apareciéndose a sus Apdstoles de muchas maneras , por espacio de cuarenta dias, tratando con ellos sobre el reino de Dios‘, es decir, sobre la Iglesia. Este simbolo es claro, explicito y ter- minante, y no hay en él, ni siquiera una proposicion, que no constituya dogma de fe. ;Puede haber algo en él que no sea cierto é infalible? Pues siendo infalible, no es opinable; y si es opinable, ya no es dogmatico , y por consiguiente, ya no es simbolo. Asi, por una ilacion legitima , sale de esa doctrina pro- testante el racionalismo, que niega todo lo sobrenatural, y solo admite e} asqueroso naturalismo; es decir, el imperio de la fuerza, el barbaro cesarismo, la deificacion del Estado. Es con- secuente que , pues los dogmas son opiniones, y la razon no pue- de décidirlos , los decida la fuerza. La razon individual de cada uno: tiene derecho4 rechazar la autoridad divina, que es invi- sible en si misma, y la de la Iglesia, que es visible, pero que no imprime coaccion ni violencia, sino que amonesta, corrige, y 6n tiltimo término, arroja de su seno al herege contumaz y al cismatico revoltoso. Despojada por tanto la verdad divina de sus derechos, y Ja Iglesia de su autoridad, y refundido todo esto en cada individuo, la apelacion a la fuerza es inevitable; y se hace preciso, que entre el Estado 4 poner paz en medio de tantas disidencias revoltosas, porque tiene armas materiales para conseguirlo. i El racionalismo , repetimos todavia, es el parto genuino y natural del protestantismo. Pero, {qué paz es esa que el poder civil establece entre disidentes en materia de fe y de dogmas? La de dominar despdticamente sobre toda religion, sea la verdaderd, sean las falsas: la de dejar los dogmas sagrados con - vertidos en puras opiniones bumanas y filoséficas , como lo afir- * Act. cap. I. v. 2.
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