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— 22— a sus legionarios, y rindiendo homenage de veneracion al que los descubriéy los aniquild: alli se ve representada la grande escena de Lutero quemando en la publica plaza de Witemberg la Bula del papa Leon X. en que condenaba sus errores, con un epigrafe que indica que enténces cayé la tirania del anti- cristo: alli se ve tambien delineada la escena de quemarse en- tre la algazara del pueblo las imagenes de Jesucristo, de la Virgen y de los santos, aplaudiendo el nips su pueblo a la destruccion de la idolatria. Lo hemos dicho, y lo repetimos: el seihniadiatil no es mas que el mahometismo acicalado, adornado y trasvestido con mejores formas. Asi, Lutero quiso parecerse 4 Mahoma, que formaba montones confusos de imagenes de santos y de idolos paganos para destruirlos todos, echando en la hoguera las imagenes sagradas, y diciendo que éstas eran unos idolos, siendo asi , que no eran para el pueblo cristiano sino unas _se- mejanzas de los santos que estan en el cielo, y por cuya inter- cesion pedian beneficios al Sefior, 4 quien tnicamente adora- ban como al autor de todo bien. Esta es la arqueologia del luteranismo. La misma negacion — gratuita y arbitraria de los dogmas sagrados y Ja misma adulte- racion de la ciencia de las Escrituras forman hoy el texto de la ensefianza en las catedras, en los liceos, en los colegios y en las escuelas protestantes, que lo formaban al principio. Esta transmision de la ensefianza religiosa al laicismo tenia que producir una revolucion universal. Hasta la aparicion de la heregia moderna, habian sido pocos los seglares que se ha- bian ocupado en comentar los libros inspirados , y en dar a luz tratados de ciencias sagradas, y hasta de legislacion y de poli- — tica. Desde enténces sucedid muy al revés ; y no obstante que el santo Concilio de Trento seiialé las reglas de la interpreta- cion, disponiendo para contener la petulancia de los ingenios, que aquella se hiciese segun el sentir de los Padres y de la

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