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— 252 — quias, y enriquecian a los grandes de sus reinos, volviéndolos de ese modo mas adictos a sus dinastias. Con el ejemplo de los principes de Alemania y del rey de Inglaterra, encontraron fa- cil el expediente para formar apdstatas: se abrieron en todos esos reinos las puertas de todos los claustros; se publicaron edictos, para que los sacerdotes y religiosos se casasen ; se les prometié pension vilalicia, y si bien hubo un namero crecidisimo de personas eclesiasticas que prefirieron el martirio a la licen- cia , hubo tambien muchos que se echaron a andar por el ca- - mino ancho y florido de Ja sensualidad, que conduce a la muer- te, abandonando el estrecho que lleva 4 la vida, como dice Jesucristo ‘. No hablamos, pues, de estos, sino de los que, quedan- do en el seno de la Iglesia catdlica, se fueron apasionando de la libertad para escribir en materias de dogma , sin ate- nerse & la doctrina de la Iglesia; pero paliando sus asercio- nes impias y errénea8 con apariencias de celo por una disci- plina mas severa; y cuando se veian condenados por la autori- dad de la misma Iglesia, inventando mil subterfugios para li- brarse del yugo de esa misma autoridad, ora coartando sus alribuciones, ora fraccionandola, y dandola una dependencia destructora. Todas las marafias con que se empefiaron muchos escrito- res eclesiasticos en eludir; en el siglo décimosexto y los dos sub- secuentes, la autoridad del Romano Pontifice, son una ramifi- cacion de la libertad que proclamé el protestantismo , para que cada uno pensase y publicase lo que le agradara, respeclo de los dogmas y misterios revelados. Llamése ese sistema Janse- nismo, no porque fuera su autor el obispo de Iprés , quien al morir en mil seiscientos treinta y ocho, dejé consignado al fin de. su obra intitulada Augustinus, que sujetaba cuanto contenia * Mat. cap. VIL. y. 13,
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