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an 400- ae deos de una Noecay y todos los iieintas de una me: tafisica intrincada y de raciocinios anfibolégicos, y condena- ron la filosofia del racionalismo , poniéndola en un horizonte lu- minoso, que irradiara los entendimientos con las luces de la verdad , en vez. de ofuséarlos , como intentaron hacerlo Abelar- do y Arnaldo de Brescia con sus cabilaciones. ‘No hay que correr mucho, para encontrarse al poco con aquellos sabios , verdaderamente soles del mundo, que con- fundieron para siempre el racionalismo, dilucidando las ciencias en estilo sublime, pero sencillo, imitando al maestro celestial — que unié siempre la mayor elevacion de doctrina 4 la mayor claridad y sencillez de palabras. Pero antes de hablar de ellos, es necesario decir que las doctrinas de Abelardo fueron como la explosion de una mina que venia formandose , 4un en me- dio de aquellos dos siglos que le precedieron, el nono y el dé- cimo , Jlamados por algunos de hierro, de plomo, de oscuri- dad, aunque no con bastante razon para decirlo en absoluto. Porque, como afirma Pagio ‘: «Este siglo no cedidé en doctrina a los siguientes, ni puede llamarse siglo de ignorancia, si no es, por haber tenido comparativamente ménos autores que los siguientes y los quele precedieron : cuando escribia Belarmino, que dié ese nombre al siglo décimo , no se habian descubierto los monumentos‘del saber, que existian ocullos respecto a aquel siglo : hoy los puede ver quien lea el catalogo de los escrito- res que hubo en él.» En estos siglos se agitaron grandes eibetionss sobre los universales , de los cuales habia hablado ya el fildsofo: Boecio, aunque sin darles toda la extension que despues tomaron. No era tanto el atraso en el ramo de las ciencias, cuando se dis- putaba con tanto ardor sobre la realidad 6 la pura nominali-

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