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: —97 — que la razon humana ‘no puede ser ieahiialtliiaiti la fe-y la Hevetieiod ‘ni’ mucho’ ménos contradecirla. Y prueba’ de ello son las’ grandes disputas que se originaron & mediados del siglo nono , tanto en Francia como en Alemania, sobre la doctrina de Godescaleo respecto de la predestinacion, en la cual renovaba errores , condenados hacia cuatro siglos. Sabido es lo que’ tra- bajaron enténces los sabios de las escuelas cristianas , para des- cubrir los ambages y subterfugios de aquel dogmatizante: pues tanto el célebre Rabano Mauro en Maguncia, de donde era obispo, comoel no ménos célebre Hincmaro, arzobispo de Reims, no dejaron piedra por mover, hasta que no descubrie- * ron todos los sofismas del monje de Orbac y los pulverizaron *. Pero nada prueba tanto la existencia de aquellas escuelas filoséficas, basadas en el’ principio de la supremacia de la fe sobre la razon , como los conatos que manifestaron en aquellos tiempos algunos espiritus turbulentos, para emanciparse de los preceptos de aquellas escuelas, y hacerse independientes de la razon divina por medio de un racionalismo, tan incoherente como el de nuestros dias ; elcual’, si no se le hubieran cortado los vuelos al nacer , habria progresado hasta el grado en que hoy se encuentra ¢l racionalismo moderno; pues hay que de- cir, que las doctrinas de aquellos racionalistas mee Pees 4 casi nada, de las de los actuales. Los principios del siglo nono y del duodécimo se hicieron muy célebres, precisamente por el racionalismo que , cada uno en su época, intentaron introducir en las escuelas Escoto Eri- gena y Pedro Abelardo, como lo veremos mas adelante. El uno y el otro profesaron e! panteismo y el racionalismo ; pues aquel confundia la filosofia con la religion, y la religion divi- na con la razon humana : hacia 4 Dios la esencia de todas’ las cosas , refandiendo en él el alma humana, que salia de Dios * Concili. Gall. tomo Ill. — Tomo 1. q
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