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— 247— PUNTO SEGUNDO. Siendo Dios todas las riquezas, no puede poseerlo el cristiano, que no desprecie, & lo menos con el afec- to, los tesoros de la tierra: porque “las riquezas de “Jos siervos de Dios estén en la pobreza, sus posesio- “nes consisten en la peregrinacion, su gloria en el “desprecio; de tal manera que viviendo en el mundo, “sean superiores al mundo y nada posean; estando “en la carne, habiten fuera de ella, y solo tengan su “herencia en Dios, y padezcan necesidades por la es- “peranza del cielo.” 1 Por eso Jesucristo no se dié& sus apéstoles, sino despues de haberles ensefiado que no tuviesen inquietud alguna por las cosas del mun— do, ni se afanasen en buscar el vestido 6 el alimento del cuerpo, sino que pusiesen todo su cuidado en bus- car el reino de Dios, y su justicia, dejando 4 la soli- citud de la providencia todo lo demas: porque todas estas cosas, les dice, os serdén anadidas. : ;Ah! En el alma que ha de recibir 4 Jesucristo, no ha de existir mas que un deseo, y es el de poseer dignamente el tesoro que Dios se digna concederle. Considera qué oscuro é impenetrable es el caos que divide entre si el deseo que tienen los mundanos, y el que ha de tener el corazon de los discipulos de Jesucristo. Los hijos del siglo no dejan piedra por mover para adquirir oro, y proporcionarse con él la satisfaccion de todos los sentidos: trabajan en vano, es verdad: pues “la avaricia poniendo en revolucion “Jos elementos, surcando los mares, socavando la tier- 1 PD. Greg. Nis. Orat. 1 de Pace.—* Math. cap. 6. v. 33. 16

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