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— 246 — la tierra aquel tesoro inestimable, que no pudieron obtener los antiguos justos sino en el cielo? j, Qué alegria tan completa ha de sentir por tanto el corazon que tiene la suerte de unirse tan intima- mente con Jesucristo? ;Qué feliz se ha de creer, quien posea plenamente bdtacherhicih? j;Ah! El santo Simeon, que habia vivido largos afios en la expectacion de ver al Hijo de Dios entre los hombres, obtuvo la gracia de estrechar por unos momentos en sus brazos 4 este tesoro, que era su nica esperanza: y apenas le habia Dios otorgado este favor, levanté su voz diciendo lleno de gozo: Seittor, ahora dejais d vuestro siervo _ que iuera en paz, porque mis ojos han visto tu sa- lud. ' No queria este justo que sus ojos viesen ya objeto alguno terreno, ni que sus sentidos palpasen ningun ser sensible, despues de haber poseido por unos momentos al bien sumo. Considera por tanto, alma cristiana, qué deseos tan vehementes te han de abrasar de poseer 4 Jesucristo y de recrearte en él: cuando yas 4 la sagrada mesa, has de ir con aquel espiritu con que el santo Simeon subié al templo; y feo que es mucho mayor el favor que el Hijo de ios va & hacerte, que el dispensado 4 aquel, dile lle- . no de humildad: O Jesus mio, que quisisteis darme en la tierra la dicha de poseeros, iluminad mi enten- dimiento y abrasad mi corazon, para que se regocije en vuestra cruz: y no permitais que me deleite mas que en Vos mismo, ya que teneis la dignacion de re- crearme en la tierra con el manjar que hace biena- venturados 4 los santos en el cielo. 1 Luc. cap. 2. vs. 29 y 30.

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