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— 236 — ue somos en su comparacion ménos que un grano de arena comparado con todo lo restante del mundo visible: mas tambien lo es, que cuando movidos y a- yudados de la gracia elevamos 4 Dios nuestra vista, y lo Mamamos nuestro padre, y estamos unidos con él en caridad, no podemos ménos de erarion en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios.1 Por que jcual otra puede ser nuestra gloria? A pesar de nues- tra pequefiez, nos honra el Sefior con destinarnos 4 conocerlo, amarlo y gozarlo: y despues de haber de- caido de aquella primera nobleza de nuestro destino, nos miré con ojos de misericordia, pues los que cono- cid en su presciencia, d estos tambien predestiné, para ser hechos conformes dla imdgen de su Hijo, para que sea él el primogénito entre muchos hermanos. * jQuién podré arrancarnos esta gloria que Dios con— cedié 4 nuestra pequefiez? Ni los dngeles, ni los hombres, ni las potestades adversas, porque el mis- mo que nos la procur6é con su muerte y pasion, esté siempre con nosotros para conserv4rnosla intacta, como nos la did. Considera cudnta es la dicha que te cabe siempre que te acercas 4 la sagrada mesa, pues cada vez que se une Jesucristo con tu alma,renueva y confirma los derechos 4 la filiacion divina, que te adquirié con su muerte y pasion. Mas, para que saquemos nosotros las ventajas anejas 4 esta felicidad, hemos de pensar que asi como el Hijo de Dios tiene mayor gloria en haber tomado nuestra naturaleza que en la creacion de los cielos < de la tierra, y le resulta tambien ma— yor gloria de salvar una alma, que de conservar el 2 Rom. cap. 5. v. 2.—? Ibid. cap. 8. v. 29.
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