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—= 235: ellos cesan de publicarlo por todas partes, ni los mundanos pueden prescindir de envidiarles lo due suponen ser el colmo de la gloria. ;Ah! ;Qué tien que ver los reyes de la tierra con el rey de los cielos, con el Hijo de Dios, que nos amé, y nos lavd de nues- tros pecados en su sangre, y nos ha hecho reino, y sa- ceerdotes para Dios y su Padre? 1 ;Qué gloria no es la del alma, que es la esposa, la hija, la hermana del mismo Dios, y se une con é] tan ita atin en la Eucaristia? Gran incentivo debe de ser este para que no fijemos nuestra atencion en los ornatos del cuer- po, pues no sacamos de todo esto mas fruto que el de inflamar quizds los deseos malos de la concupis—- cencia: ni suspiremos por tener talentos mundanos de ciencias profanas, que, no estando subordinadas & las divinas, solo sirven para aprovechar mucho en la impiedad.: No es eso lo que Dios oxige 6 busca para venir 4 vivir en las almas, sino la “modestia en el cuerpo, la humildad en el alma, y el deseo de agradarle, poseyendo aquella gloria interior en que tanto se complace el rey celestial. O Jesus mio, me pesa de no haber dirijido siempre todas mis obras 4 vuestra gloria, y de haberme complacido en agradar 4 los hombres en los dones, que vos me ha— beis dado: no permitais, Sefior, que me deleite mas en las cosas de la tierra, pues vos sois mi acogedor, mi gloria, y quien ensalza mi cabeza. 5 PUNTO SEGUNDO. Es cierto é infalible que como criaturas, y, criatu- - ras contaminadas con la culpa distamos tanto de Dios, 2 Ap. cap. 1. v. 5 y 6.—? 2 Tim. cap. 2. v. 16.—® Ps. 3, ¥. 4.

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