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—170— . Jesucristo est4é realmente como Dios y hombre; y desde alli ve hasta los deseos mas escondidos de nuestros corazones, por ser é] el testigo fiel y verda- dero, , que no puede engafiar, ni ser engajiado. ;Ah! En nuestro trato con los hombres no se ven sino las exterioridades, y podemos escondernos desu vista ara cometer acciones poco decorosas; y en efecto fia perpetramos por desgracia: y llamando en nuestra Fort a tinieblas, el disimulo, el secreto y otros medios inicuos, para que nadie tenga noticia de ellas, quizis conseguimos tener nombre y fama de buenos, no siéndolo en realidad, porque ocultamos un cora- zon de lobo bajo una piel de cordero. Pero no po- dremos hacer esto con este testigo de nuestra vida, ni por su parte puede él disimular y callar: porque aunque es nuestro hermano por haber tomado nues- tra naturaleza, tiene una gloria increada, é inmuta- ble, que no puede ménos o defender, pues es aquel Dios que dice: Yo no doy 4 otro mi gloria.2 Es él benignisimo y amabilisimo, pues convida 4 todos 4 su mesa: mas si alguno entra en la sala del conyite sin el vestido conveniente, 6 no honra digna- mente 4 este rey inmortal, jpodr4 disimularlo? ;Po- dr& callar? jPodré ser connivente con la bajeza, con el indecoro, y la fealdad? “Cuando alguno es _invita- “do 4 las bodas carnales, se muda el vestido, y en el “aseo y hermosura del trage manifiesta al esposo y “4 la esposa, que toma parte en la felicidad de que “gozan,”’ y no se atreveria 4 aparecer de otro modo entre los que celebran Ja fiesta de su enlace. » ;Ah! jCon cuénto mayor decoro y aseo debemos ir noso- 4 Apoc. cap. 3. v. 14.—? Isai. cap. 42, v. 8% Div. Greg. Mag. Hom. 38. n°? 9.
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