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— 169 — y la necedad, y aun la perversidad de nuestros cora- zones: pues cuando tratamos con los hombres, medi- mos nuestras acciones, pesamos las palabras antes de decirlas, y procuramos no faltar 4 ninguna de las reglas de comedimiento y urbanidad, siquiera para pasar en el mundo por hombres de educacion esme- rada, y nada de esto pensamos hacer cuando estamos en presencia de aquel, 4 cuya vista no hay criatura alguna que sea invisible, por estar todas las cosas des- nudas y manifiestas & sus ojos. 1 ;Ah, alma cristiana! Mira con qué puleritud en el vestir, y con que finu- ra y recato en sus modales asisten los éulicos en pre- sencia de los monarecas: apenas levantan sus ojos si- no con respeto, apenas mueyen 4 un lado & otro su rostro por decoro de la magestad terrena. ;Y seré de menos peso para ti el rey de los reyes, el Seiior de los sefiores, en cuya ee huyen el cielo y la tierra = y debajo del cua ee evan sobre st el mundo? s No se aparte jamés de ti este pensamiento, y antes de acercarte 4 la sagrada co- munion, contempla con humildad aquella magestad infinita que es grande en consejo é incomprensible en pensamientos, y cuyos ojos estdn abiertos sobre todos los caminos de los hombres, * y \lena de compuncion dile con el patriarca Abrahan: hablaré é mi Seftor, aun- que soy polvo y ceniza § PUNTO SEGUNDO. Aunque Dios esté en todas partes, y llene los cie- los y la tierra por la presencia de su magestad infi- nita, reside singularmente en la Eucaristia, en donde 1 Hebr. cap. 4. v. 14.—* Apoc. cap. 20. y, 11.—* Job. cap. 9. v. 13.—4 Jerem. cap. 33. v. 19.—® Gen. cap. 18. v. 27, bP ae ht Set dls EG eel neTa
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