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— 137 — divina, que se le ofrece en el manjar de la caridad infinita, y en el cfliz de su amor eterno? Nadie podr& quejarse de no tener consejo y saber; porque desde que Jesucristo se quedé en la Euca- ristia, se cumplieron aquellas palabras de Isafas, que dicen al hombre: ef Seftor hard, que en adelante no se aleje de ti tu doctor, y tus ojos estardn viendo & tu preceptor: y tus orejas oirdn las palabras del que @ tu espalda te estard diciendo siempre, este es el ca- mino, anda por él. 1 ;O felicidad humana en tomar la lumbre de la ciencia de aquel que es resplandor de la luz eterna! Pero considera, alma cristiana, que para recibir los consejos de Jesucristo, es necesario cerrar nuestros oidos & los maestros del érror, que pretenden seducirnos por medio de la ciencia vana, ensefiando doctrinas opuestas al evangelio y dordn- dolas con alguna semejanza de piedad, para que el veneno nos inficione con mayor Guasedid, jAh! No puede oir los consejos del maestro celestial, quien oiga con placer 4 los que dividen 4 Jesucristo, dén- dolo igualmente por preceptor del herege, del cismé- tico y del catélico: Jesucristo no ensefia sino & los humildes, y no es por consiguiente el maestro del que no esté unido al que Jesucristo mismo hizo su vicario en la tierra y cabeza visible de la Iglesia santa: aviva pues tu fé, y antes de recibir la comu- nion, promete al Sefior huir de los lobos, que andan hoy dia inficionando el rebafio de Cristo vestidos de piel de cordero. 2 Isai. cap. 30. v. 20 y 21.

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