BCCPAM000342-8-20000000000000
— 126 — queria curar, le respondié este, que no tenia hombre alguno que le ayudase 4 conseguir este beneficio, y respondié muy bien: porque no bastaba un hombre para curarlo de las enfermedades interiores, siendo ecisala mano del hombre-Dios. Consume 4 todos os hombres el ardor febril de la avaricia, de la lu— juria, de la envidia, de la ambicion y de la soberbia: y jc6mo nos curarian los hombres de estos males, cuando en vez de extirparlos, les dan pébulo con sus vanidades mundanas? Entre tanto t@, alma cristiana, vas 4 recibir dentro de ti 4 tu médico divino, 4 quien debes exponer tus males con humildad. ;Ah! ;No se- ria una monstruosidad, que sabiendo infaliblemente que la virtud del médico es infinita, y uniéndote con él en la Eucaristia, te vieses paralizada en las bue- nas obras, 6 estuvieses abrasada en la fiebre de la avaricia 6 de la lujuria? Tiembla, por tanto, y ano- nd&date en presencia del Sejior: y si vieres que hay en ti alguna llaga, laévala pronto en las aguas de la penitencia que Jesucristo te proporciona, antes que llegue un dia, en el cual, si no te aprovechas de tan— tas bondades, se vea este médico celestial obligado 4 decir: hemos medicinado 4 Babilonia,y no ha sanado: desamparémosla, porque ha Uegado hasta el cielo su juicio. 1 PUNTO SEGUNDO. . Era tan vehemente el deseo que tenia Jesucristo de curar nuestras enfermedades, i no solo las tomé sobre si mismo, lo que nadie de los hombres puede 4 Jerem. cap. 51. v. 9. “~
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz