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- — 121 — cados graves, comete con advertencia los leves, y pasa el tiempo en conversaciones initiles, y en visi- tas mundanas. ;Ah! Para que el pan del cielo nos aproveche cuando lo recibimos, es menester que habi- tualmente vivamos con el deseo de alimentarnos con él, y no suspiremos por la posesion de ninguna cosa mas que de Jesucristo, como él mismo nos lo ha ma- nifestado al decirnos que se lo pidamos cada dia 4 su Padre. He aqui, nos dice, como habeis de orar: Pa- dre nuestro que estd4s en los cielos, dadnos hoy nues- tro pan sobresustancial. 1 Ahora pues: supuesto que Cristo es nuestro alimento, su vida debe manifestar- se en nuestra carne mortal, y si no se descubre en la observancia de los preceptos del mismo Jesucristo, es seflal que entra en nosotros el cuerpo de Jesucris- to, mas no produce en nuestras almas los efectos convenientes al espiritu de Jesucristo. Entra pues dentro de ti misma, alma cristiana, y entrégate toda al Sefior, para que al dirsete él en alimento, puedas” decir con el apdéstol: viro yo, mas no yo: pues vive Cristo en mi. : PUNTO SEGUNDO. Siendo como es tan grande la defectibilidad y miseria de nuestras almas, y no pudiendo vernos li- bres de ella mientras estemos en esta vida, quiso Je- sucristo proporcionarnos un alimento cotidiano, en el cual reparfsemos incesantemente nuestra debili- dad. Asi es que quien recibe dignamente su cuerpo y bebe su sangre, obtiene la remision de aquellas cul- pas que provienen finicamente de la fragilidad hu- 1 Math. cap. 6 v. 11.
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