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— 120 — no que llevamos 4 la eternidad, quiso ser él mismo el manjar que nos alimentase. {Qué admirable se deja ver la dignacion divina en esta dispensacion de su misericordia con el hombre! Cuando Jesucristo anuuciaba 4 los hombres que ueria dérseles en comida, les asegur6 que no ten- rian vida dentro de si mismos, si no comiesen la carne del Hijo del hombre: 1 queriéndoles significar con esto, que su refeccion sagrada produciria en las almas los mismos efectos que la refeccion material causa en los cuerpos. Mas, como este manjar es infi- nitamente mas excelente que todos los otros, asi los efectos que produce en las almas, son infinitamente mas admirables que los que resultan al euerpo por la refeccion material: porque los alimentos sensibles se convierten en sustancias de nuestros cuerpos: mas cuando comemos el cuerpo y bebemos la sangre de Jesucristo, nos convertimos en cierta manera en su sustancia. ;O caridad inefable de Cristo, que tomé nuestra carne, y se hizo hombre sin dejar de ser Dios, para hacer dioses 4 los hombres! ¢ Oo convite pre- cioso.y admirable, y redundante en toda clase de ena que da & quion asiste4 61 las dolicias del elo y la fortaleza de los Angeles! eS Pero considera atentamente, que asi como los ali- mentos son enteramente intitiles 4 un cuerpo muer- to, y no producen los efectos convenientes en el estémago enfermo 6 debilitado, asi este vidtico de nuestras almas no aprovecha nada 4 quien lo toma halléndose muerto 4 la gracia por el pecado: y da pocas fuerzas al alma que, aunque no caiga en pe- 1 Joan. cap. 6. v. 53.—* Div, Thom. Opus. cap. 17.
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