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ble como cera blanda, cuando el árbol es tierno y se endereza sin peligro de romperse. Hay que podar gradualmente los brotes viciosos del ego– ísmo infantil que quiere acapararlo todo sin pensar en los demás; el afán desmedido de protagonismo que se erige en centro de su universo, ignorando hasta la existencia de los otros, empezando por sus propios padres; los accesos de furor y enrabietamiento que le convierten en un lobezno rabioso; la envidia que les golpea y les cambia el color del sentimiento... Y al mismo tiempo y en el mismo campo del desarraigo de malezas y de la poda de las ramas viciosas y estériles: pasio– nes instintivas, tendencias egoístas, inclinación al mal y otros frutos amargos de la concupiscencia, la sementera del trigo limpio de la virtud y de la gracia. Ésta es la hermosa tarea amorosa de la pedagogía cristiana. La pedagogía del amor es alérgica a la violencia en todas sus formas por motivos de conciencia y de simple convicción psicológica. Los malos tratos, la ley bruta del poder y ele la fuerza, los castigos físicos y corporales no tienen cabida en el sistema de educación de los padres honrados. Y mucho menos, el recurso a la violencia moral de la intimidación, la amenaza, el ,üuste de cuentas o la descalificación personal. La violencia hace adoptar al niño posturas a la defensiva que fre– nan o entorpecen la buena marcha del proceso educativo. La violencia engendra irritación, rebeldía y desconfianza, que no son precisamente el clima propicio para la formación inte– gral del niño. Comprendo tu problema que es prácticamente el problema ele todos los padres y madres de familia y globalmente el de todos los educadores. - Estoy ya sin ánimo, cansado y rendido. Esto de la for– mación de los niños se va poniendo imposible. Lo hemos pro– bado tocio por las buenas y no hemos conseguido nada. Y llega el momento en que te impacientas y tomas decisiones precipitadas que luego te llenan ele preocupación y de ver– güenza. Gritas, te malhumoras, quieres imponer tu autoridad, amenazas, corriges duramente, riñes con aspereza y llegas incluso a levantarles la mano y... ¡nada! Se ve que no estaba preparado para esto. 200

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