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alma de María: cuánta tristeza, cuánta duda, cuánta amargu– ra. ¡Qué interminables y desapacibles horas las de estos tres días de búsqueda estéril! "'Al cabo de tres días. lo encontraron en el Templo senta– do en medio de los maestros. escuchándoles y pregun– tándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, que– daron sorprendidos. y su madre le dijo: 'Hijo. ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados. te andábamos buscando"". Él les dijo: ··y ¿por qué me bus– cábais'' ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre' 7 ' Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio'". (Luc., 2.46-50) Los biógrafos manifiestan cierta extrañeza ante esta inter– vención personal de María en el encuentro con Jesús. La razón es bastante sencilla en el ámbito de las relaciones fami– liares. dado que las decisiones las toma siempre José, que es quien recibe directamente las órdenes de Dios. Me extraña esta extrañeza porque en la familia tradicional -particular– mente en las aldeas rurales- quien interviene en estas cuestio– nes es casi siempre la madre. En el easo de María hay razo– nes que justifican su comportamiento. Y José, que conoce estas razones, la deja hablar. María hace el papel de madre con la naturalidad con que lo hacen las madres en situaciones parecidas. María expresa su sorpresa y desahoga su corazón en una queja amarga por la conducta del hijo. La pregunta es lo más lógico del mundo: ¿por qué te has portado así con nosotros? No es una denuncia, ni una actitud de resentimiento por la herida que sangra. Es una reacción noble de comprensión y de abertura al diálogo. María quiere saber las razones de un comportamiento, quiere que el hijo tenga la oportunidad de justificar su modo de actuar. En rigor, lo dramático del caso es que ni el padre ni la madre están capacitados para comprender la explicación mis– teriosa del hijo. No pide disculpas, como cabría esperar. Se ha perdido y está aquí porque es donde debe estar por exigencias de su misión. Se debe al Padre, a las cosas del Padre, a la casa del Padre. María lo acepta pero... ¡no lo comprende! 191
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