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Niño hasta en sueños. Y, al amanecer. se moviliza la carava– na y siguen los peregrinos la ruta pascual. Y al final, una inmensa ovación triunfal de gozo y entu– siasmo: ¡Jerusalén! La vista panorámica de la ciudad santa es un paisaje bellísimo y conmovedor. Para un adolescente de aldea rural. el espectáculo de la gran ciudad tenía que ser necesariamente nuevo, sugestivo y fascinante. De seguro que la impresión primera dejó huellas imborrables en la vida de Jesús. La meta de la peregrinación era el templo. El patio de los gentiles era un hervidero de masas que se apretujaban. de traficantes de feria. de observadores curiosos. Humeaba la sangre de los animales recién sacrificados. Y balaban los cor– deros, un torrente de corderos, que era el plato fuerte de la cena pascual. .. Es fácil imaginar a María, transfigurada aún físicamente y envuelta en la luz interior del Señor en el transcurso del cere– monial litúrgico de impresionante grandeza y lleno de suge– rencias bíblicas. La liturgia del templo es rica en imágenes expresivas de gran belleza literaria, en figuras simbólicas y en gestos significantes. María revive en el templo la historia de la salvación de su pueblo y se enternece rememorando las "grandes maravillas" de su propia historia personal. Las nubes del incienso oloroso le embriagan en su adoración. Su espíritu está de cielo azul y de clima primaveral. .. Pero también en primavera hay nubarrones que oscurecen el cielo y heladas que marchitan las flores del frutal. En la pri– mera parada del viaje de regreso, a eso del anochecer, Jesús no aparece en la reunión familiar. Lo buscan afanosamente en el grupo de vecinos. lo buscan por los caminos y alrededores. lo buscan entre los niños de la caravana. ¡El niño se ha perdi– do! José y María se vuelven a Jerusalén aquella misma noche. Es una noche desvelada de presentimientos, de inquietudes, de dudas, de sufrimiento. Con el alba empieza la búsqueda por las calles y plazas de la ciudad, por las posadas, por las afueras. Nadie ha visto al niño ni saben de su paradero. La espada profética de Simeón corta en la fibra más sensible del 190

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