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sacerdote secular. Los lazos de familia, el amor filial y respeto a los progenitores, el cariño entrañable a sus hermanos le ttenen fuerte– mente asido al hogar paterno. ~ro, por otra parte, bullen en su mente aquellas palabraS del Maestro: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mi, no es digno de mí.» ¿Qué hacer entonces? Lo que se le ocurre a cuantos buscan la verdad: marchar a la sole– dad, para que en medio de la quietud indaguen el querer de Dios. Por eso Fernando dirige sus pasos a la Casa de la Compañia de Carrión de los Condes, con el fin de practicar los ejercicios espiri– tuales y así descorrer el velo que le impide ver claramente la volun– tad del cielo. De hecho, en aquella morada de quietud parece que el Espíritu Santo le dejó entrever los designios del Señ.or sobre el futuro; pero en esta ocasión le faltó resolución para romper las li– gaduras de la familia. Así lo confiesa él mismo muy posteriormente en carta del 9 de noViembre de 1900. «Cierto es que en Carrión me babia inclinado a entrar en la Compañía, y así se lo dije a nuestro padre. Causándole con ello no poco disgusto. Mas luego que volví a casa me sentí sin valor y llegué casi a convencerme de que no tenia fuerzas suficientes. Así continué hasta estos últimos tiempos lu– ~hando con mi afición al estado religioso y pretendiendo conven– cerme de lo contrario por falta de dedsión, por lo cual vacilaba, sin adoptar resolución alguna definitiva.» Sin embal'go, y no obstante estas dificultades, él mismo mani– fiesta mucho tiempo después que siendo aun niñ.o ya sintió aleteos de vocación religiosa, pues escribe: c:Yo nunca vi con más claridad la vocación religiosa que a la edad de nueve o diez añ.os , cuando comenzaba el bachillerato.• Era la luz de las alturas que le ilumi– naba espléndidamente, acomodándose a la capacidad de niño, mien– tras que más tarde, para probar mejor su vocación, se le manifestó envuelta en no pocas nebulosidades. Tenia el siervo de Dios un intiÍno amigo, médico de profesión, natural de Gijón y residente en Santiago, llamado doctor José Lo– sada Michelena (andando el tiempo, padre José de Gijón, Capuchi– no), dotado de los mismos sentimientos, de parecidas inclinaciones y de semejantes fluctuaciones en orden al porvenir. Transcurrido algún tiempo desde los ejercicios en Carrión de los Condes y publi– cado el Jubileo Universal por el Papa León XIII el año de 1900, los dos amigos, Fernando, con el beneplácito de su padre, acuerdan ha– cer una peregrinación a la Ciudad Eterna para ganar el Jubileo y posiblemente para adoptar una resolución definitiva en orden a orientar la vida de ambos peregrinos. Lo cierto es que en la últ~ma quincena del mes de <OO¡ptiembre del ~itado afio 1900 enderezan sus pasos hacia la capital del Ebro, donde Fernando escribe a su padre 81 6

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