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razones de los moradores pacíficos. Pasmo y admiración causaba en religiosos y seglares el que aquéllos aún permanecieran en .sus conventos. Llegó, por fin, el mes de octubre del '34, con la revo– lución de Asturias, que causó muchas víctimas y asesinatos de católicos ejemplares, de venerables sacerdotes y de no pocos reli– giosos. A este propósito escribía a sus padres el 17 de octubre ·del año que rememoramos un re'ligloso también más tarde martirizado en Madrid, lo siguiente: «Como sabéis, desde el 5 hasta el 14 hemos estado en santos ejercicios. El día que entramos en ellos, y tres o cuatro dias más, Madrid se asemejaba a un Mallavia (pueblecillo de Vizcaya) o cosa parecida. No se oían los acostumbrados y simpá– ticos sonidos de bocinas de autos, nl el run run de los tranvías, el vo– cear de los vendedores ambulantes, etc. Por las tardes se cerraban las puertas de la iglesia (de Jesús), pues la gente brillaba por su au– sencia. De día y de noche el tiroteo era continuo y, por c~erto, no muy lejano. ¿Temor? ... ¿Temblor? ... 'Nada de eso. Reunidos los religiosos en torno al Divino Prisionero cabe el Sagrario, orábamos ; no llorábamos como pusilánimes, y nos ofrecíamos gustosos a lo que el Señor dispusiera de nosotros.» (Fray Saturnino de Bilbao.) Con el panorama cada vez más sombrío e inquietante llegó el año 1936, en que los filocomunistas, a fuerza de amenazas, engaños y chanchuUos, lograron constituir un cuerpo legislativo ferozmente jacobino. Desde el 16 de febrero de dicho año, los desmanes contra la religión, nombrado el Gobierno del Frente Popular, y contra lo noblemente patriótico. se agravaron y multiplicaron de tal suerte, que, cansados y llenos de celo y de santa ira los buenos y auténticos españoles, se lanzaron a la •calle para sacar de la charca de fango amasado con sangre inocente y librar de la total destrucción a la nobilis~a nación en cuyos domi:nios otrora no se ponía el sol. Perpetrado el alevoso asesinato del caballero gran espafiol don José Calvo Sote1o el dia 13 de julio, todos los espíritus decididos quedaron hondamente preocupados, y calculaban que alg.o muy grave necesariamente se avecinaba y que era necesario actuar rá– pidamente. Esta impresión dominante en las gentes penetró, como es natural, en el ~antuario. «Recuerdo que el padre Andrés se despidió de mi diciendo: e Tú eres joven y tienes tiempo por delante; a ' mí me matarán; toma mi máquina para tu uso.» eMe consta que salido ya del convento no perdió el padre su buen ánimo, aunque presentía su muerte, y más de una vez e~clamó: «Yo caeré el primero.» Parece que presentía su muerte, pues se le oyó decir a los ' religiosos: «Caeremos muchos; yo el primero.» Y, ~n efecto, fué el primero de los martirizados.» 29

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