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casi pegado al sagrario, con los brazos en cruz. Es que estaba pos– trado y no se le podia ver desde el resto de la capilla. ,Daba la impresión de que jamás perdia la presencia de Dios. su aspecto era realmente el de un santo, y en tal opinión se le tenía. Era el servidor fiel que esperaba a su Señor velando, para no ser sorpren<Udo, como lo demuestra el siguiente caso: Solfa mi padre aceptar alguna vez la repetida invitación del padre Superior para pasear con los religiosos por la huerta del convento. En una de estas ocasiones, fray Alejo (me parece que por indicación del Superior) estaba subido a una higuera, cogiendo brevas para obsequiar al huésped; se cimbreaban las ramas con el peso del hermano, y mi padre, asustado, gritó: «Bájese, fray Alejo, que se va a matar., Con SU calma habitual y con SU sonlisa, respondió tranquilamente: «NO se preocupe usted; tenemos la maleta hecha, y... ¿qué más da?, Papá quedó estupefacto ante aquella serenidad, y lleno de admira– ción nos lo contó en familia, alabando la santidad del hermano. ,como buen franciscano era jovial y tenia bromas, pudiéramos decir a lo divino. Un día, 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, salíamos al atardecer de la c~pilla; en la puerta nos cruza– mos con fray Alejo que venia de la huerta; sin detenerse un paso, con una sonrisa celestial, nos dice : «La Virgen se ha ido al cielo y usted se quedó aqub cUsted se ha quedado aqub, repetía, aleján– dose. Reimos la ocurrencia del hermano, y al mismo tiempo comen– tábamos aquellas palabras: «Donde está tu tesoro all1 está tu cora– zón., (Sor Concepción Diaz, Clarisa.) «Su presencia no era vulgar, sino que todo hacía ver en él a una alma privilegiada, desprendida de todo lo de este mundo. Humildi– simo y de un fervor extraordinario, contrugiaba a todos los que habi– tualmente asistíamos a las m1sas y demás cultos que se celebraban en la capilla del convento. Trabajaba siempre en los más diversos oficios, como cultivar la huerta, lavar la ropa, atender a la porteria, y con gran fervor cuidaba de todo lo de la capilla. Aunque era muy amable, no se entretenía en conversaciones ni se impacientaba con nadie. Siempre dirigla él los rezos, y en el mes de ánimas lo hacía de tal forma, que nos hacía sentir las angustias y los sufrimientos de las pobrecitas almas del Purgatorio. Otra práctica devotísima era el vía crucis, y con su actitud y figura ascética, nos parecía acom– pañar a CriSto. Algunas veces comentábamos su santidad con los padres, y todos estábamos conformes y decíamos que a la hora de la muerte se iria derechito al cielo, hasta con las sandalias., (Car- men Durán Cao.) . «Conceptuaba al hermano fray Alejo un verdadero santo. Era muy piadoso y muy trabajador: en la huerta, en la cocina, en la sa- 280

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