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la opinión de santo ante las personas que le trataban o que simple– mente le velan en la capilla, en la portería o en la huerta del con– vento. «Llamaba la atención de todos y era tenido en gran veneración. Siempre se le veía amable, sin familiaridad; atento con todos, sin distinción de clases. Jamás se entretenía en palabras o conversa– clones inútiles, y cuando interesaba escuchar de sus labios alguna palabra, o detenerle unos momentos, su respuesta habitual, acom– pañada de leve sonrisa, era ésta: «T€ngo mucha prisa, tengo mucha prisa». y acto seguido se iba a su trabajo, dejándonos edificados de su prudencia y exquisita vigilancia sobre .si mismo. Todas las veces que iba a easa de mis padres con algún encargo del padre guardián, conservaba su prudente reserva y jamás conseguimos hacerle tras– pasar los umbrales de la puerta, aunque le instábamos a descansar un ratito, pues nos parecía acoger un santo en nuestra casa; y aun– que sin dejar de traslucir éste nuestro aprec.io , se le instaba por edu– cación y por la gran amistad que con la comunidad nos unía. Pero él, invariablemente, se negaba con su acostumbrado tengo mucho que hacer, dejándonos a todos admirados. :Una vez sí entró, sin ser invitado a ello; pero fué para rezar un rosario ante el cadáver de mi padre, y esto nos sirvió de gran consuelo en aquel día de aflicción. »Nos admiraba cómo podia soportar el enorme trabajo que sobre él pesaba: trabajaba la huerta, cocinaba, era sacristán, y como tal, barría la capilla, asistía a varias misas, rezaba el rosario, hacía las lecturas, vía crucis, etc., etc., sólo ayudado de cuando en cuando por un padre enfermo, que por estar delicado no podia predicar y ayu– daba algo a fray Alejo en la sacristía. Como entonces no tenían de– mandadero para los recados, los hacia el buen hermano. ¡Cuántas veces re he visto con sus paquetitos debajo del manto! A todo esto se añadía que casi siempre atendia a la portería, adonde incesan– temente le llamaba el timbre, y siempre con la mjsma calma e igual– dad de ánimo. Era de una paz admirable. Jamás se le vió turbado. »Con estos datos del .trabajo de fray Alejo, datos que se traslu– cían al exterior, sin ningún alarde por su parte, cualquiera podría pensar que andaba agitado con tanto quehacer; pero aquel bendito hermano resultaba a nuestros ojos como algo incomprensible. Tra– bajaba por cuatro, según nos dijo el Superior, y oraba con una calma y un fervor tan intensos, que parecía no tener otra cosa en qué ocu– parse. ¡Cuántas veces fui a la capilla acompañada de una hermana mia a horas en que sabíamos que estaba solitaria, forjándonos la ilus~ón de que Jesús nos veía y nos escuchaba a nosotras solitas en aquel sil€ nc.io del santuario! Pero cuando menos lo esperábamos, Sul'gía como un~ visión la figura ascética de fray Alejo, de rodillas, 279

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