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denta, el padre Ramiro y una servidora llevábamos el peso principal del catecismo .dado a los niños. Para mí, el padre era un v·erdadero santo. En pr!mer lugar, por su porte exterior: modesto, sencillo y piadoso. En segundo lugar, porque jamás le v! impaciente, enfada– do, soberbio, ni con los niños, ni con las .catequistas, ni tampoco con las órdenes que en ocasiones recibía de sus Superiores. Había veces que estábamos ensayando algún cántico y llegaba la orden del padre Superior de que .se suspendiera. Las cantoras, más o menos, protes– tábamos. Pero el padre Ramiro terminaba inmediatamente el ensa– yo, diciéndonos: <<Si ahora, después de la orden rec"!bida, seguimos ensayando, no tenemos mérito alguno para el cielo; en cambio, si lo dejamos, es muy meritorio.» Otra catequista asegura que hablaba a los niños con unción ex– traordinaria, g.anándose el interés y el cariño de los pequeños, de– mostrando que sab1a cumplir bien su ministerio. En la catequesis se daba especial habilidad para disipar las pequeñas rencillas, más o menos quisquillosas que suele haber entre mujeres, aunque seamos piadosas y catequistas. En pequeñas cosas, e indudablemente en las de mayor importancia, se comportaba con gran delicadeza y ecua– nimidad; al distribuir los premio& a los niños o cuando tenía que lidiar con nosotras, sobre todo con una presidenta algún tanto dificU y dominante, siendo aun entonces tan mirado en aquellas pequeñe– ces, como si estuviera manejando los asuntos más graves de la vida. Según el padre Carrocera, en la obra citada, designado además de para el oficio de vicesecretario para director de la Catequesis, poco tiempo hacía establecida en la tglesia de Jesús, supo trabajar en pro de ella con todo entusiasmo y abnegación, colocándola a la altura de las mejores de la capital, llegando a ser verdadero modelo de organización. Aquí fué donde principalmente ejerció durante esos últimos años de vida el apostolado; limitado, es cierto, pero intenso y fructífero. V Exclaustración forzosa. -Al domicilio de una familia amiga.-Refugiado en casa de unos deudos.-Conducta intach{Lble durante el exilio. Desatado en España todo el furor iconoclasta y asesino de los mi.licianos, el padre Ramiro de Sobradillo tuvo que correr la misma suerte que sus hermanos de hábito que entonces formaban la comu– nidad del convento de Jesús: la exclaustración. En efecto, el día 245

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