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ánimo de las izquierdas, ya en el ¡poder. Pero oyendo el padre Fer– nando de labios de algún religioso que él ~ba a votar porque no quería que por su voto se perdiera la causa de Dios y de la verdadera Es– paña, el padre Fernando, en compañia de aquel religioso, y ambos vestidos de paisanos, cumplieron a las ocho de la mafiana con los dictados de su conciencia, como más tade lo hiceiron todos los otros capuchinos. cuando en el mes de mayo del 31 la República clavó sus primeras dentelladas en lo religioso y santo, se encontraba el padre FernandO> en Pontevedra, por asuntos .particulares. «A la sazón- dice su her– mano don José Olmedo-, estaba en mi casa de Pontevedra por asuntos particulares. Se recibieron noticias del incendio de la iglesia de la Flor, de los padres Jesuitas, y de los grandes tumultos, como el incendio del Colegio de Maravillas, y cómo habían tratado de entrar las turbas en la iglesia de padres Capuchinos. Pues, desde el primer momento trató de ponerse en camino para restituirse a su puesto del convento, desoyendo mts súplica·s apremiantes y mts con– sejos, consciente del grave peligro que corría su vida; pero no pude disuadirle, y lo más que conseguí fué, que accediera a vestirse de paisano, con un traje y prendas de mi uso, y que se dejara recortar la barba y el pelo ; y así lo instalé en el ferrocarril, esperando que hiciera el viaje con el menor riesgo posible. Supe que, sin embargo, fué objeto de muchas burlas en el viaje, y también al atravesar Ma– drid, porque no podía disimular el gran espíritu que le llevaba.~ Llegado que fué el siervo de Dios a Madrid, escribía a su her– mano, el 21 de mayo, dóndole cuenta del viaje, en los términos si– guientes: «Hasta cerca de Monforte fui algo molesto, por la clase de gentes que iba en el departamento. Pero próximos ya a aquella estación, se me ocurrió hablar a un mozo de la compafiia, para pre– guntarle si las berlinas del mismo coche estaban ocupadas; y él, como si adivinase mis deseos, al preguntarle yo, como pretexto para entrar en conversación, a qué hora lle.gaba el tren a Madrid, me invitó a pasar a una de aquellas berlinas, que estaba completamente vacía, diciéndome que así podría dormir a la larga toda la noche, como así fué verdaderamente, pues toda la noche, es más, hasta llegar a Madrid vine completamente solo. ¡Qué bueno es Dios, que así se vale de otras criaturas para dispensamos sus favores! ... Mucho sentí no haber podido prolongar más mi estancia en esa; pero el deber me llamaba a otra parte, y esta vida no es un placer, sino una obUgación. Pensemos mucho en Dios y en la vida eterna; y estos santos pensamtentos nos llenarán el alma de paz, consolándonos de las forzosas ausencias de esta vida miserable.» Cuanto €n Españ.a más se agravaba la situación religiosa, mayo- 95

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