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La casa era larga, con dos entradas pequeñas por los costados, cu– bierta de hoja hasta el suelo por todos los lados; parecía ser multifami– liar, con varios fogones y hamacas; estaba oscura. Cuando penetré en ella noté cierto desconcierto de mujeres que se movían y niños que em– pezaron a llorar. Saludé a todos con la mayor amabilidad, pasé la vis– ta por todo diciendo: - Unimo, unimo (Bueno, bueno). Y para no forzar las cosas opté por salir, siguiéndome el capataz. Como la casa estaba bien oscura, casi no puedo reconstruir la ima- gen de su interior y de sus pertenencias. En frente estaba montada la carpa, con las hamacas colocadas y los mosquiteros, entre los que distinguí el mío. Había un montón de botas por el suelo. Mientras tanto, los pilotos y el Sr. Viteri se dedicaron a sacar foto– grafías, para las que los Huaorani no opusieron ninguna resistencia. El recibimiento fue verdaderamente amable y cortés. Nadie se empeñó en quitarnos ropas ni calzado; sólo el Sr. Viteri tuvo que ceder su cami– sa, a cambio de una corona. Nos hicieron obsequios, como plumas, co– ronas, y lo más gracioso: a cada uno nos entregaban un sobre de avión, que anteriormente habían robado de nuestro campamento. Verdadera– mente solícitos se mostraron Peigomo y el "Tuerto", quien me regaló tres o cuatro hermosas plumas de huacamayo. Estuvimos una media hora y regresamos al campamento alegres y contentos de este encuentro. Día 21 d e agosto. Dos días pasaron los Huaorani sin venir a visitamos. El sábado 21 asomaron de nuevo, enteramente desnudos. Este día, el más imperti– nente estuvo Huane: se empeñó en verme "sin misterios", tal como soy. Recuerden que es quien se llevó mi rosario. Quizás buscaba otro calzoncillo anatómico como el que se llevó lnihua, pero ya no tenia. Como travesuras anoto que se llevaron también el alba para la Mi– sa y mi reloj de pulsera. Esto merece explicaciones: El reloj es llamado por los Huaorani "nanqui" (sol). Las primeras semanas fue objeto de gran curiosidad, pero no me lo quitaron. Vien– do que ya se iban aficionando demasiado opté por ocultarlo, o mejor, se lo entregué al cocinero, a quien le hacía gran falta un reloj, sobre to– do para la hora de la madrugada. Para cumplir bien su oficio debía te– ner el desayuno listo para las seis y media y para ello había de madru- 28

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