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la salvación de las almas, no lo practican por negli- gencia ó por vano temor de pecar. Menos aún os valdrá decir que no teníais obligación de justicia ó sea cura de almas, porque el justo Juez podrá replicaros: Dime, siervo perezoso, ¿tenía yo acaso obligación de venir al mundo para salvarte” ¿Es- taba yo obligado á nacer en un portal, peregrinar con tanta fatiga y padecer por tí tantos trabajos hasta mo- rir en una Cruz? ¿No hay más obligación que la de justicia? ¿Piensas tú, que, condenando Dios con tanto rigor al que niega una limosna corporal, dejará sin castigo al que pudiendo no ejerce la limosna espiritual? Castigando Dios, dice San Ambrosio, tan severamente al que deja perecer de hambre al prójimo, ¿mirará con indiferencia que millones de almas perezcan elerna- mente por falta de buenos catequistas, confesores y predicadores? Se refiere en nuestras Crónicas que habiéndose ejer- citado muchos años en la predicación un gran siervo de Dios llamado Padre Fr. Bernardino de Montealmo, Capuchino, con gran fruto de las almas, deseoso de mirar por la suya, se retiró á tratar á solas con Dios en la oración. Estando en ella, fué arrebatado en es- píritu y presentado ante un severísimo tribunal, en que vió á Jesucristo Señor nuestro como Juez y mu- chas almas pidiendo contra él justicia y haciéndole cargos de que se condenaban, porque no les quería predicar. El Juez, enojado entonces, mandó que le cortasen la lengua, puesto que no quería usar de ella para gloria de Su Majestad. El buen predicador esta- ba temblando con grandes congojas de muerte, sin hallar qué responder; pero arrojándose con gran do- lor y lágrimas á los pies de Cristo Señor nuestro, le pidió perdón de la resolución tomada y dió palabra de no negarse á ese sagrado ministerio en lo que le quedase de vida. Vió el Juez sus lágrimas, le perdonó su yerro y volviendo el siervo de Dios del éxtasis, e

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