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—3il— la Iglesia; él arreglaba el érden del culto, y hasta sefiala- ba el numero de cirios que habian de arder en los altares, mién- tras se celebraban los oficios divinos. Pero preciso es decir, que si este modo de proceder causaba espanto 4 los Obispos y_ 4 los fieles, y muchas amarguras al Vicario de Cristo , lo ri- diculo de semejantes empresas, hasta causé hilaridad a princi- pes protestaates reputados por sabios; pues hubo. uno que | enterado, como vecine que era, de tanto delirio, no sa- bia hablar del reformador imperial, sino diciendo: mi primo, el sacristan emperador.. No hay para qué referir hazaiias semejantes en otros prin- cipes de la misma época, alucinados tambien por las docirinas del jansenismo. Basta lo dicho para que quede comprobado, que no siendo compatible con un rey cristiano el absolutismo dadoa los principes por el protestantismo, mucho ménos_hu- biera levantado su cabeza el cesarismo de la Edad Media, si los jansenistas no hubiesen trasladado a las naciones catdlicas, por medio de sofismasy valiéndose de la adulacion y la lisonja, las — practicas impias de los priacipes protestantes. Vese, por tanto, Ja influencia de la heregia moderna en los altos dignatarios de los pueblos, la cual fué inficionandolos poco a poco, conducién- dolos al extremo de echar ea olvido su origea y descendencia; pues hay pocos, que no cuenten en su noble prosapia abuelos gloriosisimos, que hubieran dado cien veces su vida en defen- sa de la Iglesia, y hubieran preferido la muerte a pasar, ni un pice, de los limites que la religion cristiana sefialaba 4 su autoridad. Pero esa influencia no podia llegar hasta los prlanipsn . sin que al mismo tiempo,. como niebla pestifera, fuese inficio- nando. al pueblo, como ahora lo verémos, al tratar de lo que podemos llamar la consumacion de la civilizacion moderna: pero no podemos pasar a recorrer el vasto campo que presen- la esta materia, sin decir antes cuatro palabras sobre los ul-
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