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ta afios que trascurrieron desde el primero hasta el segundo. Pero, debemos decirlo; ese cesarismo barbaro yacia en innoble tumba, hacia doce siglos, cuando aparecié el protestantismo, que evocd el espectro, y lo obligé a que se vistiese de nuevo= purpura real. Toda autoridad y todo derecho, y toda dignidad suprema, qued6 concentrada en materias religiosas en una sola cabeza, cabeza universal de cuanto se pensase, se dijese, 6se obrase en religion: el monarca era quien formaria el simbolo de lafe, y quien estableceria Ia ‘ritwalidad del culto; él tenia derecho a cuanto radicaba en sus dominios ; de él dimanaba toda jurisdic- cion, y 2 él volvia por derecho devuelto. Las iglesias eran suyas, y los monasterios y abadias tambien , no obstante que se habian construido y erigido por la piedad de los fieles de diez siglos, en los cuales no tuvo imperio ni jurisdiccion, y no obstante que esos bienes fuesen legados de testadores, cuya ultima vo- luntad tiene el derecho imprescriptible de ser venerada, res- petada y acatada por toda la duracion de los tiempos. A este hombre solo le pertenecia declarar que un misterio no era mis- terio; ni un dogma, dogma; él imperaba en las conciencias y en lo mas sagrado de la religion, declarando que el voto no era volo, y que si lo era, él lo relajaba, lo dispensaba, lo anulaba; y hé ahi el cesarismo pagano, descrito en su primera fase, y planteado de nuevo por el protestantismo. No hay que molestarse mucho para probar esto: la historia de la reforma protestante nos ensefia, que Enrique VIII. se de- _ ¢laré cabeza de la Iglesia de su reino, imitandole muy pronto varios reyes: todos ellos se declararon pontifices maximos ; pero con un derecho, que ni aun se atribuyeron los emperadores ro- manos, cual fué, el de declarar propiedad de la corona los tem- plos y las abadias. Ellos abolieron los sacramentos que les pa- recié, formaron nuevos rituales para administrar los que con- servaban, desecharon los dogmas que no les agradaron , abo-

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