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a_i las supersticiones egipcias, diciendo con ironia picante que era. aquel pueblo, el santo entre todos, porque Je nacian los dioses en el huerto? Véase cémo trataba a los supersticiosos Porrum et cepe Sins violare ac frangere morsu , O sanctas ee: ee hec iaech in horto. FEMME00 vesyonst> chants ary ; ce Pero entre tanto, Orfeo y Pitagoras con su saber, Ciceron con su filosofia, Séneca con sus grandes escritos sobre Tas vir- tudes cardinales , y el satirico Juvenal con sus sublimes con- cepciones, adoraban lo que vituperaban, y no conocieron que siendo Dios uno, no puede agradarle sino la verdad : ni mucho ménos lo practicaron, pues se entregaban 4 las supersticiones como el mas infimo plebeyo. La unidad del culto interior, que consiste en amar 4 Dios sobre todas las cosas, adorarlo y cum- plir con sus mandamientos; la unidad del culto exterior, que consiste en darselo 4 Dios, como él Jo quiere, y como &l lo dis- pone y ao de otro modo, era una cosa desconocida a griegos y romanos. Sin embargo , los Césares romanos se llamaban sat eee sumos de toda esa turba de supersticiones , que ni merecian el nombre de religiones humanas, porque algunas de ellas debian apellidarse , por sus ritos obscenos , religiones demoniacas. Pero describamos el fenémeno: no habia culto alguno, por supersti- cioso, impuro 6 ridiculo que fuese, al cual los emperadores ro- manos no. dispensasen su proteccion ; pero, inopinadamente para Jos romanos, llegéa predicarse en el imperio una religion nueva y enteramente desconocida, y 4 anunciarse un culto, que no se parecia en nada a los que se practicaban. Era el cristianis- mo: llamaronlo supersticion al principio y al fin, pues cuando . ’ * Juvenat, Satyra penultima.
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