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— 259 — ron creciendo con la publicacion de las obras del oratoriano, y con la defensa que hacian de ellas algunos prelados y muchos doctores eclesiasticos. Ni valié para ellos, el que el mismo Ponti- fice publicase en mil setecientos trece, la célebre Constitucion Unigenitus, en la cual condenaba muchas proposiciones de las obras de Quesnel, calificandolas de falsas, capciosas, calum- niosas, malsonantes, injuriosas 4 la Iglesia, y diciendo con toda claridad, que renovaban los errores de Jansenio. No podia verse mas clara y manifiesta la faccion, que se habia formado para introducir la division en la Iglesia catdli- ca, la cual era tanto mas temible, cuanto mas elevadas eran las personas que la favorecian, y mas finas las armas que se empleaban, para combatir la unidad del magisterio. La Santa Sede habia hablado, y habia hablado con aquella sabiduria que, prescindiendo de la asistencia especial del Espiritu Santo, puede Ilamarse humanamente infalible, por cuanto precede a Ja declaracion de una verdad, cualquiera que sea, el examen mas ‘prolijo y minucioso, y repetidas consullas 4 los hombres mas eminentes en saber y en discrecion. Pero se advierte por los hechos de aquella época, que esta faccion habia tomado — mucha consistencia, cuando se atrevid 4 declamar contra el rigor de la Catedra Apostdlica, y contra el sentido que esta daba a proposiciones , que la faccion llamaba, catdlicas. A este extremo llegé la obcecacion de algunas inteligencias , reputadas por allas, contandose entre los obstinados cuatro Prelados, los doctores de la Sorbona, y los secuaces de las novedades en doctrina. Pero con ocasion de esta rebelion manifiesta contra la auto- ridad suprema de la Iglesia, ocurrieron enténces cosas nuevas que demandan un examen especial. El jansenismo se vid de- masiado apremiado, para presentarse en publico con la estig- matizacion de heregia. La Iglesia habia descubierto en toda su fealdad las doctrinas erréneas que encerraban las cinco propo-

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