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= que llamarémos pasivo, radicase tan profundamente en el animo de los mismos pueblos. Y lo llamamos pasivo, por cuanto la autoridad tiene por término de accion al pueblo , a quien incum- be el deber de obedecer a la potestad, pensando que quien la ejerce es ministro del Rey de los cielos y de latierra, y que debe obedecérsele, no solo por temor, sino por conciencia, como lo ensefia el Apdstol ‘. En especial, existian convicciones tan pro- fundas sobre la autoridad del Romano Pontifice, y se compren- dia tan perfectamente cual era el objeto de su\potestad , cual su extension y cuales sus atribuciones, que no habia en los pue- blos la mas insignificante ambigiiedad sobre su supremacia de honor y de potestad en toda la Iglesia de Cristo, - La conviccion sobre este principio, y la veneracion a la. per- sona que ejercia este poder, recibido del mismo Jesucristo, te- nia que producir, y los produjo en efecto, los mas faustos re- sultados en la sociedad, tanto para la formacion delas leyes civiles, como para que los pueblos se sometiesen 4 su observan- cia con docilidad. Asi, nos refiere la historia, que los principes para representar la insubordinacion de los pueblos, y estos para hacer manifiesta la tirania de aquellos, si alguna vez se dejaban arrastrar por pasiones desenfrenadas y permanecian en su arbitrariedad, y todos, para encontrar remedio, antes de llegar 4 rupturas armadas y violentas, apelaban al tribunal del Romano Pontifice, cuya palabra baslaba casi siempre para componer 4 los principes en sus contiendas mituas, aellos con los pueblos, y 4 los pueblos mismos entre si. Una particularidad muy notable daba al principio ie aulo- ridad en aquellos tiempos una grandeza moral, que no se cono-— ce ya en los actuales, y era aquella sencillez, que era la norma del modo de vivir de los principes. En las monarquias de los tiempos de la ignorancia, era tanta la ostentacion que hacian los * Rom. cap. 13. v. 5.
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