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ie ni las fondas para hospedar a los que venian de fuera. El mis- mo Abelardo, al abrir su escuela en Melun y despues en Cor- beil, arrastraba 4 tantos tras de si, que no se encontraban ali- mentos bastantes para ellos en la region, como él mismo lo cuenta‘. Habiendo huido de San Dionisio por una nueva per- secucion que le sobrevino, se refugié en la soledad de un mon- te: y no bien losupieron sus discipulos, corrieron todos en tro- pel al mismo desierto, y alli formaron una ciudad, compuesta de chozas, para oir sus lecciones. Habiendo disputado publi- camente con San Bernardo en Soissons, éste le confundid, y era tanta la muchedumbre del pueblo, y fué tan tumultuoso su gritar contra el sofista, que a no haberse escondido, lo hubie- ran apedreado. No se diga pues que el pueblo era tan ignoran- te en aquella época, ni que no eran conocidas las ciencias: si recorriésemos las ciudades de Poitiers, Tours, Mans, Angers y Chartres , hallariamos en todas el mismo movimiento lilerario, y el mismo gusto por el cultivo de las ciencias. En esta agilacion cientifica se hallaba el Occidente , cuando se formaron dos escuelas poderosas ysapientisimas , que iban 4 derramar la doctrina y la ciencia por todo el orbe, y que en- ténces mismo adquirieron tanta fama, que apénas cupo dentro de los confines de la tierra. La demasiada licencia del sofista Abelardo en el modo de ensefiar las ciencias especulalivas , ha- bia llamado Ja atencion de los hombres doctos; entre estos, el célebre Pedro Lombardo, obispo de Paris, llamado despues el Maestro de las sentencias , queriendo colocar la ensefianza teo- légica, en el punto en que la pusieron los Padres de la Iglesia, publicé su obra, Jlamada De las sentencias, en la cual compi- 16 los dichos de aquellos, deduciendo conclusiones y sentando axiomas y principios, bastantes para formar un sistema comple- to de ensefianza. Esta obra fué el texto que sirvid 4 Alberto * Apenanp. Lib. Calamit. mear. Tomo I.
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