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g — 283 — con las celestiales, las humanas con las divinas, las f{nfimas con las supremas. ;Qué cosa mas infima pue- de darse, que la materia de este sacrificio? ;Qué cosa. hay mas sublime que la sustancia en que se convier- te? Vemos en el altar objetos terrenos, como son el pan y el vino: pero, ;dénde esté la sustancia del pan? jdénde la del vino? Le palabra de Dios viva y eficaz, mas penetrante que toda espada de dos filos, 1 sa- liendo de los labios de Jesucristo, ha convertido la sustancia del pan y del vino en su propio cuerpoy en su propia sangre, sin que por tanto nuestros sentidos corporales vean ni perciban la mutacion. Y jquién no reconoce en esta obra portentosa al Hijo de Dios? Cuando este andaba entre los hombres, los ojos cor- porales no veian en 6] mas que al hombre, pero los del alma contemplaban al Hijo de Dios encerrado en un cuerpo infimo, y veian la sabiduria infinita, que se manifestaba en las obras y palabras humanas. jAh! El que no tenga aquella fé, que no revela la earne y la sangre, sino el Padre celestial, : no enten- deré nada de esta sabiduria eterna, que encierra la Eucaristia: porque al ejercer Jesucristo su poder en los elementos mudos é insensibles, se dirige 4 nues- tras almas, y las instruye y ensejia, para que abstra- yéndose de lo terreno, contemplen lo celestial, y crean firmemente 4 lo que les dice la fé, no dando erédito& lo que les muestran los sentidos, Porque vemos en el altar una cosa, y es otra: vemos pan, y.no es pan, gustamos vino, y no es vino: y mientras que percibi- mos con los sentidos una cosa, y es el color, el olor, y el sabor de los accidentes, que revisten las sus- 1 Hebr. cap. 4. v. 12.—2 Math. cap. 16. vy. 17.

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