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—«aet — ras fragiles, y ha determinado que cuando estos va- sos de lodo tomen el pan en sus manos, y lo bendi- gan, y digan sobre 6] las palabras que él mismo pro- nunci6 una vez, se convierta la sustancia de las cosas sensibles en su propio cuerpo, y en su preciosa sangre? Por mas que sean investidos de esta digni- dad por el mismo Jesucristo, no solo son como antes criaturas deleznables, sino que quedan siempre ex- puestos 4 caer en pecado; mas con todo eso, para que Jesucristo baje del cielo 4 la hostia*consagrada, han de concurrir estos ministros con su palabra y su yo- luntad; y si ellos no pronuncian las palabras miste- riosas, no se obraré el gran portento: pero si las lle- gan 4 proferir, aunque fueran tan pecadores como udas, el prodigio se realizaré, porque quien lo obra- r4 siempre es aquel, 4 quien su Padre dice sin cesar: té eres sacerdote para siempre. ' Considera por tanto cuén grande ha de ser el res- peto y la reverencia con que has de mirar & los sa- cerdotes de la Iglesia santa. No son obras de la vir- tud humana las que ejecutan: mas el mismo que hizo el portento en la Giltima cena, lo renueva cada dia: y cuando el sacerdote ofrece el sacrificio, esta con él el sacerdote eterno, obrando de una manera invisible el portento de la transustauciacion. : ;Ah! No mi- res ya en el ministro de Jesucristo al hombre, sino al mismo Jesucristo que le ha dado potestad sobre su cuerpo natural, engendrado en las entraiias de la Virgen, y sobre el mistico de su Iglesia, que él ha formado con los méritos de su sangre: cuando él con- sagra la hostia, Jesucristo consagra con él: cuando 1 Salm. 109. v. 4.—? Div. Chrisost, Homil. 60, e

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