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os SD oe PUNTO SEGUNDO. Si examinamos con atencion el fin de nuestras acciones, veremos que no ejecutamos una sola sin que tenga por objeto nuestra propia felicidad: y bas- ta que columbremos aun en lontananza que hemos de llegar 4 conseguirla, para que no perdonemos 4 fa- tigas y trabajos, reputando por flores las espinas, por refrigerio el sudor, y por descanso las vigilias: tan cierto es que el amor vuelve suaves y ligeras aun - las cosas ésperas y pesadas, y que en fuerza de este amor que nos tenemos 4 nosotros mismos, no duda- mos muchas veces sacrificarnos 4 toda clase de _pri- yaciones, por procurarnos los bienes caducos, en cu- ya posesion constituimos nuestra dicha. Mas, jqué desgraciada es entonces nuestra suerte! Se hacen los ' hombres esclavos de la fatiga por amontonar tesoros, y poderse entregar despues al écio y 4 los placeres: y precisamente cuando cada uno de ellos dice 4 su 7 alma que repose, y coma, y beba, y se entregue al goce de sus riquezas, baja la voz del ciclo que le di- | — ce: necio, esta noche te van d pedir la cuenta. gPara quién son las riquezas, que has allegado? : Lamentable es por cierto la locura de los hombres, ae dia y noche estén ‘trabajando por dar satis; accion 4 los deseos de su corazon con la adquisicion de bienes deleznables y engafiosos; y teniendo tan cerca de si al bien sumo é infinito, y pudiéndolo po- seer en la Eucaristia, no lo buscwn, ni lo desean, y si lo reciben, no gustan su dulzura, ni conocen su suavidad. ;O desgracia digna de llorarse con ligrimas 1 Luc. cap. 12. v. 19.y 20,
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