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<intin RE ies que habr4 entre Dios y nosotros, pudiéndole presen- tar cada dia el don que él mismo nos ha dado, y en el cual se complace infinitamente? No le llevamos ninguna cosa terrena destituida de valor intrinseco, sino 4 su propio Hijo enjendrado en sus entrafias desde la eternidad, hecho hombre en el tiempo, in- mortal en la naturaleza divina, muerto una vez y sacrificado en la humana, el cual 4 un mismo tiempo vivia yreinaba con el Padre como Dios en los cielos la tierra, y padecia y moriaenel Calvario como airs, y ahora vive y reina con el Padrey el Espi- ritu Santo por los siglos de los siglos. No hay un so- lo hombre que pueda presentarse delante de Dios con esta ofrenda, y no atraiga hécia si, al presentar- la, el corazon divino: pues Jesus es quien nos hace amigos del Padre, quien contiene sus iras, derrama sobre nosotros sus bendiciones, y nos reparte sus racias, previniéndonos con sus misericordias, ayu- Tiedinas en la vida, perdonandonos en la muerte, coronandonos en la gloria. En verdad, es esta la cadena de oro, cuyo primer eslabon toca al trono de Dios, y el dltimo 4 nuestras manos, para que no nos separemos jams del corazon” de nuestro Padre celestial: y nivale escala misterio- sa que llegaba de la tierra al cielo, y por la cual subian ios hensbetl mas dignos ya de llamarse 4n- eles que hombres, teniendo tanta intimidad con Dios. » ;Ah! Despues de haber tenido Dios esta dig- nacion, debia de ser la caridad mas acendrada el vinculo que uniese 4 los hombres con su Padre ce- lestial. sQuién no amaré 4 un Dios tan bueno? ; Quién 1 Gen. cap. 28. v. 12.
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