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fortaleza y con qué suayidad establece la paz entre Dios y los hombres este mediador celestial. Es él nuestra paz: y nos la ha grangeado, matando las ene- mistades en si mismo: y viniendo evangelizé paz d los que estaban cerca, y paz & los que estaban léjos, por cuanto por él tenemos entrada al Padre en un espiri- tu.1 Y apenas consumé la obra de Ja redencion, los hombres que se habian emancipado de la sumision debida 4 Dios, se humillaron delante de su Hijo, rometiéndole obediencia, y reconociéndolo por su Satie, y por aquel gue se lama Dios fuerte, prin- ctpe de la paz. * Considera cudn grande es la caridad y mansedum- bre de este paraninfo divino, que tiene en sus manos el olivo siempre florido, elevandolo entre el cielo y la tierra, para que su Padre lo mire y contenga con su vista la justa indignacion contra los _pecadores. ;Ah! Es Jesucristo en la Eucaristia aquel cordero de Dios que viera el discipulo amado estando siempre en plé, porque se halla pronto para ayudarnos, pero encontrandose al mismo tiempo como muerto, 8 por- ue no cesa de ofrecerse por los pecadores, y de pe- i indulgencia para la humanidad. Aqui es donde se ofrece 4 cada uno de los hombres y le ensefia su corazon diyino, como el centro que debe ser de sus deseos, so el medio de conservar la paz con Dios, con los hombres y consigo mismo. ;Qué mayor dicha podia apetecerse, que la de tener junto 4 si mismo al que nos da su mano poderosa cuando braman al derredor nuestro las olas procelosas del mundo, y es * Ephes, cap. 2. vy. 15, 17 y 18.—? Isai. cap. 9. v. 6.—* Apoc. Cap, 5. v. 6. <

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